jueves, 4 de agosto de 2011

En las profundidades


Ve la luz, a través del agua: la luz del sol que se filtra entre el velo verde de agua sobre su cabeza. Está sumergida, bajo el mar, es por eso que tiene tanto frío, ahora lo comprende. El sol que brilla en lo alto parece llamarla; en realidad oye su nombre, repetido, una y otra vez, por una voz desconocida. La luz verdosa se vuelve blanquecina, y el frío más intenso, y el dolor se eleva como una marea, arrastrándola a la inconsciencia. Pero la voz le impide perder del todo el sentido. Ahora le pide que sople, y ella lo hace, un par de veces, sobre la palma de la mano que ha aparecido frente a sus ojos. De pronto se siente ridícula y muy cansada, y, con una vocecita que apenas reconoce como la suya propia, pide que la dejen dormir o que le den algo para calmar el dolor. La voz se muestra implacable, aunque le habla con dulzura, y le pide que mueva las piernas, la pierna derecha, porque la otra es un peso muerto, y que cuente hasta diez. Por fin, su torturador le acaricia la frente, es un hombre moreno y bajito, con un pequeño bigote, que viste una bata de quirófano, y que, sonriendo, le permite volver al olvido del sueño.