Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de noviembre de 2018

Vampiros



- La gente, - dijo en voz alta Tristán, dirigiéndose a un público inexistente, - la gente, - repitió con cierta sorna, - no cree que existan los vampiros, pero ya os digo yo que existen.
Hizo una pausa dramática, en la que aprovechó para beber un sorbito de té haciendo un ruido gracioso, como un "sip", y se escaldó la lengua. Puso cara de sorpresa-dolor-ira, todo en un momento, y dejó la taza. Resopló, mientras se volvía a mirar el monitor. Estaba esperando, pacientemente, que se actualizara. Al ver que no cambiaba nada se encogió de hombros y sonrió.
- Los vampiros,  - continuó, con un tono ciertamente doctoral, - no son esas criaturas que beben sangre de vírgenes, visten con capa y sólo duermen de día. No, - movió el índice de un lado a otro y su sonrisa se volvió, de alguna forma, siniestra, - nada de eso. Los vampiros son... somos, mejor dicho, otra cosa. Aunque no tan distinta... - su voz se apagó y se sumió en sus pensamientos.
Se había dado cuenta de ello hacía tiempo: él era un vampiro, uno que buscaba su alimento en las redes sociales, aprovechando los huecos que dejaban algunas personas, apegándose a ellas, como un pez rémora; sorbiendo, lentamente, pedacitos de sus biografías, hasta...
- Hasta que se vacían, se quedan sin nada que darme, y entonces mueren y desaparecen.

Lo de "morir y desaparecer" no era literal, claro. Eran aislados, eliminados y borrados, e incluso bloqueados, a veces. Incluso en la sociedad imaginaria de Internet la gente actúa de forma gregaria, y los caídos en desgracia son rápidamente desechados y olvidados. No todos eran susceptibles de ser "víctimas", claro, pero, para un ojo experto como el suyo, era tan fácil distinguirlos como a un león elegir un ñu de entre un rebaño de ñus. 
- ¿Ñus o ñúes?, - se preguntó en voz alta. Bah, no importaba. Aquella vez no era un ñu, no era más que una ovejita, o, mejor dicho, un hámster, un aburrido perfil con menos de doscientos amigos. A primera vista podía parecer un don nadie, con sus cancioncitas melódicas, sus tazas de té, (que publicaba a las cinco en punto de la tarde todos los días), sus "Me gusta" en páginas de cocina y de motor... pero bajo toda aquella mediocridad se escondía un personaje capaz de mantener los mismos amigos con los que había comenzado, al que se le amontonaban los comentarios en aquellas anodinas publicaciones. Y era porque tenía algo, algo que era el alimento y, a la vez, lo más detestado por el vampiro: una inaguantable popularidad.
Así que Tristán había comenzado, despacito, su labor de zapa. Logró hacerse amigo de más de la mitad de los que componían la lista de su víctima, (aunque para ello tuviera que mermar la suya, ya que la red social tenía un límite, algo muy injusto a su parecer). Luego, era cuestión de interactuar con aquellos amigos comunes continuamente, y, a ser posible, en el propio muro del expoliado en cuestión.  Como resultado, pronto conocería los puntos más débiles de esas amistades, y podría pasar a la segunda fase, el momento en el que, a base de mensajes privados, socavaría la confianza de los demás hasta conseguir que, poco a poco, desapareciera toda aquella molesta notoriedad.
También había que mimetizarse, y adoptar el mismo tono, los mismos gustos. De ahí que él, un apasionado bebedor de café, estuviera sorbiendo una infusión de hierbas en aquel mismo momento. Al menos se había enfriado lo suficiente como para disfrutarla, y se la terminó pausadamente. 
Navegó durante un rato en la red. Empezaba a sentir que algo no iba bien. El perfil del hámster, habitualmente muy activo, había estado extrañamente silencioso desde hacía unos días. Echando la vista atrás, aquello se remontaba al día en que su víctima cumplió los años, una jornada especialmente activa para Tristán, que había logrado incluso contestar en alguna de las felicitaciones sin ningún rubor por su parte. Ya se sentía seguro, la asimilación era completa, casi se movía en aquel muro como si fuera el suyo propio y, entonces, de repente y sin ningún aviso, se hizo el silencio. Hubo algunas publicaciones ajenas (a las que él también contestó, por supuesto), pero el propietario del perfil permaneció mudo, casi como... como si se hubiera muerto de verdad. Sintió un escalofrío al pensarlo, tanto tiempo empleado para nada. Sacudió la cabeza, desechando esos pensamientos fúnebres, y decidió pasar por su propio perfil, para renovar su depósito de confianza. Tardó menos de un segundo en darse cuenta de que el número de sus amigos, 4892, se había visto reducido en uno. 

lunes, 19 de junio de 2017

El tesoro



La noche invernal se había cerrado sobre la posada, cercada por la nieve, y los pocos huéspedes que albergaba se agruparon alrededor del hermoso fuego que el posadero mantenía en la chimenea, después de la cena. Hubo unos minutos de incómodo silencio, en el que, sobre el crepitar de las llamas, se sobrepuso el lejano aullido de los lobos, que hizo estremecer los ánimos de la mayoría de los presentes. Tan sólo un joven, que permanecía un tanto apartado de los demás, pareció mantener el humor y levantó la voz para pedir que se sirvieran unas bebidas.
- Esto parece un velatorio de aldea, - dijo al posadero que le servía un vaso de licor, y éste se echó a reír.
- Joven, parece usted un hombre de mundo, quizás quiera espantar los temores de estos pobres campesinos con alguna historia que haya aprendido en sus viajes... 
Si creía que con aquella burla velada iba a provocar un sentimiento de vergüenza en el otro hombre, se equivocaba: el viajero sonrió de forma torcida, se arrellanó en la butaca y sin mirar a nadie en particular comenzó su relato.
- Pues verán, hubo una vez, en un país muy lejano, un pobre campesino que tenía tres hijos. Los dos mayores eran buenos trabajadores, personas decentes y honradas. En cambio, el más pequeño era un truhán, bueno para nada, que daba mil dolores de cabeza a su padre con su comportamiento. 
Un día, el campesino, que trabajaba abriendo un pozo en un campo ajeno, descubrió un tesoro enterrado en el suelo. Sin decir nada a nadie, ni siquiera a sus hijos, vendió todo lo que tenía y compró aquel campo a su vecino. Como era un hombre prudente, mantuvo el tesoro escondido durante mucho tiempo, esperando dar a sus hijos un beneficio que de otra forma no hubiera podido. En fin, que fue pasando el tiempo y un día, repentinamente, el campesino se sintió muy enfermo, tanto que no duró una semana. En su lecho de muerte, llamó a los hijos y les comunicó el paradero del tesoro, exhortándoles para que no fuera causa de rencillas entre ellos, sino una auténtica bendición que les aportara felicidad una vez repartido. Luego falleció, contento de dejarles una herencia más importante que la que hubiera podido conseguir con su trabajo, fue enterrado y se le guardó luto durante unos días.
Pasado ese tiempo, los tres hijos desenterraron el tesoro y lo llevaron a casa con la precaución de no ser vistos. A la vista de las hermosas monedas de oro, acuñadas con la cabeza de un emperador, se les nublaron los ojos y se les aceleró el corazón. Pero no perdieron la compostura: lo escondieron en un hueco del suelo y decidieron que lo repartirían cuando cesaran las visitas de pésame que aún les hacían los vecinos.
Así que se fueron a dormir tranquilos y cada uno soñó con las cosas en las iba a emplear su parte de la herencia. Fue una noche dichosa, pero el amanecer acabó con todos aquellos sueños: cuando se levantaron para ir a trabajar, los dos hermanos mayores descubrieron que las tablas del suelo habían sido removidas y el tesoro robado y el hermano más joven había desaparecido.

El narrador se interrumpió y apuró su bebida, como si hablar tanto le hubiera dado más sed. El posadero fue a servirle de nuevo, pero él rehusó con un gesto y se puso en pie. El resto de huéspedes le miró con asombro al ver que daba las buenas noches y hacía intención de dirigirse a su habitación.
- Un momento, - le reclamó el dueño de la hostería, - ¿esa es toda la historia? ¿Donde está la moraleja? 
El otro le miró, realmente perplejo.
- ¿Moraleja? ¿Es que tiene que tener una moraleja? - preguntó a su vez, y al no obtener respuesta continuó su camino.

Al día siguiente, los huéspedes se reunieron de nuevo en el comedor de la posada para tomar el desayuno y seguir su camino, y descubrieron que el joven que había contado la extraña historia no se encontraba entre ellos. Con curiosidad, preguntaron al posadero qué había sido de él y el hombre no pudo evitar sonreír.
- Pues verán, al final la historia sí tenía una moraleja. Se ha marchado esta mañana, muy temprano, casi furtivamente. Y ha pagado con una moneda de oro.

miércoles, 15 de marzo de 2017

El gato en la caja.



Había una vez una caja cerrada, donde no entraba la luz. Y dentro de aquella caja había un pequeño gato.
Siempre, desde que el pequeño gato podía recordar, había estado dentro de la oscuridad, en aquella caja oscura. Y como él mismo era negro, no sabía nada ni aún de sí mismo, ya que se confundía con la propia oscuridad, ni de lo que le rodeaba.
Eso no era completamente cierto. Si bien no podía ver, sus agudos sentidos, el tacto, el olfato, el oído, le decían que había algo más que aquella caja, dentro de la caja y fuera de la caja. Y tuvo el deseo de saber qué era aquello y, con mucho esfuerzo, de alguna forma logró proyectarse en el exterior. Y quedó cegado por una luz brillante. Así que bizqueó y guiñó durante un rato y por fin pudo ver a su alrededor.
Era un amplio pálido mundo, y había gatos por todas partes. 
El pequeño gato negro, o mejor dicho, el reflejo del pequeño gato negro los miró y observó y deseó poder mezclarse con ellos. Pero, bien fuera por haber permanecido dentro de la caja o por otra razón, se encontró con que no sabía como hacerlo. Así que los miró más y observó más y aprendió las convenciones sociales, los saludos y las conversaciones intrascendentes; en resumen, las respuestas adecuadas. Y todos creyeron que era un gato como cualquier otro cuando sólo era el reflejo de uno.
Y el pequeño gato negro ronroneó dentro de su caja.

martes, 31 de enero de 2017

Beso robado



Yo tenía 19 años. Lo mismo hubiera dado que tuviera 14: la misma inexperiencia, la misma timidez. Todavía estaba unida a mi antiguo colegio, a pesar de ser universitaria. Sobre todo, me unía ser parte del coro. Y el coro era mi vida, porque en el coro estaba él.
Decir que cada vez que le veía se me paraba el corazón no se ajusta a la intensidad del amor, el primer amor, que sentía por él. No sólo era el primero, sino también un amor imposible, lo que lo convertía en un objeto precioso y doloroso a partes iguales. Una siempre ha tenido un puntito de masoquista, a decir verdad. El hecho de que fuera un amor no correspondido no me preocupaba en absoluto, porque, a decir verdad, tampoco esperaba ser correspondida. Jamás se me hubiera ocurrido que él podría tener hacia mí un interés amoroso. ¿Como iba a fijarse aquel dios griego con sus preciosos ojos verdes y su maravillosa voz de barítono, que me hacía estremecer cuando pronunciaba mi nombre, en mí, pobre criatura sin ninguna gracia? Para rematar el asunto, durante tres años, los años del bachillerato, había sido mi profesor.
El coro lo había formado la profesora de música, Elvira, a la que llamábamos La Santa Inquisición porque había sido monja y todavía tenía maneras, nos tiraba a la cabeza el diapasón cuando nos reíamos en los ensayos, aunque con tan mala puntería que no daba nunca a nadie. Lo que comenzó siendo una actividad extraescolar se convirtió en una pasión para los que lo componíamos, alumnos y profesores. Y mi pasión privada, pequeñita, se acrecentó cuando él se unió. Y como era barítono y yo mezzosoprano, su sitio estaba justo detrás del mío. Y como él tenía un ánimo juguetón, siempre me tiraba del pelo, o se apoyaba en mí para leer las partituras. Y yo me sonrojaba, sintiendo su brazo sobre mi hombro, su aliento, el olor de su colonia. Era una tortura por la que me hubiera dejado matar.
Pero nada dura para siempre. Y llegó aquel diciembre en el que, tras participar en el concurso de villancicos, el coro se disolvería y se refundaría en otros dos, por problemas que no vienen al caso, y yo no estaba interesado en participar en ninguno. Así que apuré aquellos días de ensayos últimos, disfrutando cada momento a su lado, sabiendo que era muy difícil que volviéramos a estar juntos de aquella manera.
El concurso terminó. Habíamos ganado y fuimos a celebrarlo. Atestamos un bar cercano al teatro, se pidieron cervezas y raciones y comimos y bebimos juntos por última vez. 
Por fin, llegó la hora de despedirse. Salimos todos juntos al frío aire invernal y nos abrazamos unos a otros, nos dimos las manos... Cuando quise darme cuenta, estaba en sus brazos, se despedía de mí con un beso en la mejilla. No sé si fue la cerveza o la desesperación, pero cuando su rostro se acercó al mío tiré de su corbata y le planté un beso en los labios. 
Ni siquiera se inmutó. Me miró sonriente y me dio un golpecito en la cabeza con la palma de la mano. Como a una niña.



jueves, 15 de diciembre de 2016

Pagafantas



Había sido una escena del crimen como otra cualquiera de las que había visto el inspector Torres hasta que el sargento Bermúdez, inclinado sobre uno de los cuerpos, había comentado:
-          Nadie lo diría a primera vista, pero la chica no es una chica, es un neumático.
Torres miró más detenidamente el “cadáver”. Ahora percibió las sutiles diferencias del cabello y la piel con los de un ser humano: un tenue resplandor que un cuerpo muerto no tendría, la falta de rigidez en las extremidades. El operario forense lo movió, dejándolo boca arriba, los ojos abiertos de par de par, ojos azules que, cuando retiró las lentillas, se volvieron dorados, constatando que era un “neumático”, nombre popular que se daba a los robots.
-         ¿Qué ha ocurrido aquí? – se preguntó el inspector en voz alta. No esperaba una respuesta, pero el sargento, mientras inspeccionaba la herida del muerto, contestó, señalando la escena para dar más énfasis a su teoría.
-         Creo…  Él estaba sentado a la mesa, ella, bueno, el neumático, estaba a su lado, de pie. Él se levantó de pronto, tirando la silla, y la golpeó en la cabeza con la botella. Siguió con los golpes durante un rato, de rodillas sobre el cuerpo; luego se puso en pie y se apoyó en el aparador. Sacó la pistola, le disparó en la cabeza y luego se pegó un tiro.
Torres asintió, distraídamente. No tenía dudas sobre el relato de los hechos que Bermúdez había hecho. Lo que había querido preguntar era el trasfondo de lo ocurrido, qué llevaba a un hombre joven a destruir un robot por el que se había preocupado tanto como para personalizarlo a su gusto, y luego suicidarse. Se volvió a los técnicos y alzó la voz.
-         Está claro, sí. Les dejo que terminen su trabajo. Bermúdez, si quiere le acerco a comisaría, no tenemos nada que hacer aquí.

Pasó toda la tarde intranquilo, rumiando la escena del “no-asesinato/suicidio” de la mañana, como la había llamado el sargento en un raro momento de humor. Se habían escrito los informes, se había dado por archivado el caso y, sin embargo, no estaba satisfecho. Era una de las escasas veces en su carrera en la que la motivación le interesaba más que el hecho.
Por fin, con los dedos doloridos de tamborilear en la mesa mientras buscaba una respuesta, se dirigió al departamento  técnico, en uno de los pisos bajos del edificio. Llamó y le respondió una mujer, a la que le explicó sus dudas. Llevaba consigo una copia del expediente del muerto y la técnico le echó un vistazo. Al ver el nombre en el encabezamiento, hizo un gesto de pesar que sorprendió a Torres.
-         Le conocía, ¿sabe? Estudiamos juntos la secundaria. – Dijo ella, a modo de explicación, y él asintió. La mujer desapareció unos minutos en el almacén del laboratorio, para regresar con el robot femenino, que había sido recogido como prueba. Envuelto en plástico y sobre una camilla, daba toda la impresión de ser un auténtico cadáver, otra vez, tanto que ambos comenzaron a hablar en susurros.
-         ¿Cree usted que podríamos saber lo que ocurrió antes de que fuera destruida? ,- la técnico asintió.
-         Este modelo no es muy reciente, lleva tarjeta de memoria que podemos leer con un dispositivo común. Los más modernos descargan sus datos en la nube, para acceder a ellos se necesita una clave. Así que sí, si la tarjeta no fue muy dañada, claro.

Bajo el cabello artificial, de un rubio subido y con un corte de pelo sofisticado, se accedía a un puerto en el que se alojaba el “cerebro” del robot. La tarjeta no había recibido daños y la técnico tardó muy poco en leerla en uno de los ordenadores de la sala. En el monitor aparecieron distintas carpetas que almacenaban la información de las funciones del androide, pero la que les interesaba era una que había sido renombrada como Recuerdos. Dentro había una recopilación de vídeos, ordenados cronológicamente. Por un momento, los investigadores dudaron sobre cuál abrir.
-          ¿Quiere ver el último o…?
-          Abra uno al azar, por favor.
En el monitor apareció, viva y sonriente, la imagen del propietario del robot. Estaban viendo lo mismo que veían los ojos artificiales.
-         Hola, preciosa, - decía el difunto, - ¿has dormido bien? ,  - “Debía dejarla hibernando para ahorrar energía”, - murmuró la técnico. En la pantalla se sucedían las imágenes, un poco distorsionadas y confusas, en las que el muerto hablaba por los codos sobre sí mismo y las circunstancias de su vida que cambiarían con el robot. Probaron con otros vídeos, en todos sucedía más o menos lo mismo, aunque era evidente que el androide estaba siendo programado poco a poco por su dueño.
-         Creo que pretendía convertirla en su pareja, - dijo la técnico. En su rostro se dibujó una sonrisa despectiva. – Pobre. Siempre se fijaba en ese tipo de mujer. Esas que nunca se fijarían en él. Pobre. – Repitió, y se puso colorada. Ante la mirada estupefacta del inspector, bajó los ojos y añadió: - A mí me gustaba, en aquella época pero, claro, nunca se hubiera fijado en mí.
Torres pensó que era bajita y atractiva, y que la forma en la que le caía un mechón de cabello oscuro sobre los ojos era un placer para la vista. Y se ruborizó a su vez. Ambos permanecieron en silencio unos instantes, que él rompió para pedirle que pusiera el último vídeo. La escena era la misma, la misma habitación, la misma conversación, o, mejor dicho, el mismo monólogo. El suicida se sentaba a la mesa, como había adivinado el sargento, y comía algo precocinado ante la mirada impasible del robot. De repente, la voz ligeramente metálica del androide había pronunciado el nombre de su dueño. Él la miró, entre sorprendido y esperanzado.
-         Lo siento. No eres tú. Soy yo. – Había añadido la máquina, dejando pasmado por un momento a su interlocutor. Luego, la expresión de él se transformó en ira y furia. El inspector pidió a su compañera que parase la grabación. Ya sabía lo que iba a ocurrir después. Hubo otro silencio mientras la mujer apagaba los monitores y recogía las pruebas. Escribió un escueto informe bajo la mirada de Torres, que firmó al final y se miró el reloj.
-         Ya es más que hora de irse a casa. ¿Le apetecería cenar conmigo? – Durante la cena, ambos se sintieron a gusto en compañía del otro. Algo había salido bien de aquel caso, pensó él, al acompañarla a casa. Al despedirse, en el portal, lo comentó con ella, y el gesto de la mujer volvió a mostrar una mezcla de pena  y guasa.

-         Pobre. – Repitió. – Después de todo, hasta el final ha sido un pagafantas.

lunes, 20 de abril de 2015

Spot



Abuelo seguía con la mirada el desarrollo del juego: Timmy lanzaba con todas sus fuerzas el palo hacia la laguna y Spot corría a buscarlo y se lo devolvía. Una, y otra, y otra vez.
-         No lo lances al agua, - advirtió Abuelo, al notar que la trayectoria parabólica que describía el palo se iba ampliando hasta acercarse peligrosamente a la orilla. Timmy hizo un gesto de asentimiento, y su siguiente lanzamiento fue mucho más corto. “Menos mal que es obediente”, pensó Abuelo, “ya pasó mi momento de correr detrás de los respondones”.
La brisa se movió sobre la hierba, y Abuelo pensó que estaba demasiado alta y que ya era tiempo de segarla. Había mucho trabajo, además: reponer las cercas que la última tormenta había tirado al suelo, escardar el jardín y repoblar los arriates. Mañana, se dijo, mañana iré a las cercas y dejaré que Timmy se encargue del jardín. No todo puede ser juego, tiene que hacerse responsable.
Desde el interior del habitáculo que tenía a su espalda llegó un sonido inconfundible de cacharros y vajilla que hizo que Timmy dejara de lanzar el palo y se volviera a mirar. Spot se colocó a su lado, venteando ansiosamente, y Abuelo se echó a reír.
-         Vamos, es la hora de cenar, ya podéis entrar. – El palo cayó a tierra. Al pasar junto a Abuelo, Timmy se paró un momento.
-         Abuelo, ¿era así? ¿Siempre ha sido así? ¿Siempre era verano? ¿Los niños lanzaban los palos y un Spot los recogía y se los traía de vuelta? – Abuelo meditó un momento y, por fin, acarició la superficie metálica de la cabeza de Spot.
-         No, no siempre era verano, - respondió, y el pequeño Timmy pareció satisfecho con la respuesta, y entró.
Abuelo se quedó un momento fuera, mirando el cielo que se volvía rojo por momentos al oeste, mientras al este se oscurecía. Las luciérnagas comenzaron a brillar entre los juncos de la laguna y el croar de las ranas llenó el aire.
No, antes no siempre era verano. Las estaciones se sucedían, aunque él no estaba muy seguro de cómo. Sabía que a veces hacía tanto frío que la lluvia se convertía en nieve, una cosa blanca que cubría todo con un manto para que los niños jugaran en él, y que los árboles, alguna vez, habían perdido sus hojas, una idea que se le antojaba espantosa, en el momento llamado otoño, para luego recuperarlas en el tiempo llamado primavera.
Ahora, la savia de los árboles se mantenía en estasis, impidiendo que se desarrollaran. Los frutos no entraban en sazón, a no ser que se les indujera artificialmente para conseguir semillas con las que repoblar. Sólo la hierba se negaba a la exigencia de permanecer sin cambios.
Aquella era la idea principal: evitar los cambios. Había que adaptarse, claro, y así entraron en juego los sustitutos. Spot, por ejemplo, era un sustituto en estado puro. Se había creado para suplir a los perros, en el ya lejano y olvidado 2015, como un ente sin inteligencia ni capacidad de aprendizaje, poco menos que un cuerpo metálico con cuatro patas casi arácnidas que imitaban de forma burda los movimientos del animal al que intentaban reemplazar. Nada que ver con el Spot que jugaba con Timmy, que era capaz de aprender por el procedimiento de prueba y error.

Tampoco las luciérnagas eran otra cosa que diminutos drones, que emitían los ruidos nocturnos. Todo había sido diseñado para imitar las vidas que se habían perdido, para mantener todo conforme a lo que había sido el mundo de los creadores. Abuelo pensó que ya era hora de explicarle a Timmy cuál era su misión.

-         Esperamos el regreso del Hijo del Hombre, - se dijo, convencido, sin saber que aquella certidumbre no era otra cosa que parte de su programación.

viernes, 20 de marzo de 2009

La cosecha del hada


Un campesino, al sacar el cubo del pozo, se encontró con que, en vez de agua, había una linda muchacha sentada en él. Como no es frecuente que esto ocurra, y menos aún que la moza que sale del pozo esté completamente seca, el campesino comprendió al instante que aquella joven era un hada.
El hada, sentándose en el brocal del pozo, alabó mucho al labrador por el respeto con el que trataba la tierra que cultivaba y el cariño que demostraba por los animales que cada día le ayudaban en su labor. El joven contestó que era su obligación cuidarlos, ya que de la tierra ganaba su sustento y el de sus animales, y éstos no sólo eran compañeros de trabajo, sino que le acompañaban en su vida solitaria. Porque el campesino vivía muy lejos del pueblo, al que sólo iba un par de veces al año para vender su cosecha y aprovisionarse de lo que necesitaba y no podía conseguir por sí mismo, y en cuanto a su familia, hacía tiempo que sus padres habían muerto y sus hermanos se habían ido lejos, buscando su destino.
El hada le dijo que conocía todo aquello, y que si había salido del pozo era para proponerle una forma de acabar con su triste soledad, y era que se casaría con él y le ayudaría en sus labores. El mozo aceptó inmediatamente, pero advirtió al hada que él apenas tenía nada que ofrecerle. Ella le replicó que no se preocupara porque muy pronto le haría rico. El campesino, encantado con estas expectativas, no tuvo nada más que objetar. Así que se casaron.
Un día de primavera, el labrador llegó a su casa muy pensativo, y su mujer le preguntó qué le pasaba. Él contestó que venía de los pomares, y que los brotes de los manzanos le habían parecido distintos a los de otros años. Ella, muy tranquilamente, le contestó que no debía preocuparse, pero que había lanzado un hechizo sobre los campos y aquel año la cosecha no sería igual que las anteriores.
Llegó el tiempo en el que se recogen las manzanas sin que hubiera ninguna: los árboles seguían cubiertos de las extrañas flores que habían aparecido en las ramas, y así continuaron mientras en las otras granjas ya habían empezado a producir la sidra.
El malhumor del campesino iba en aumento, aunque su esposa le tranquilizaba diciendo que tenía que tener un poco de paciencia, pero cuando las hojas de los demás árboles cayeron y el invierno llegó hasta los campos, el hombre perdió los estribos y maldijo el momento en que había encontrado al hada del pozo.
Cuando llegó a su casa, estaba vacía, y parecía como si nunca hubiera vivido allí nadie, excepto él. Todavía enfadado, se alegró de estar solo de nuevo y mientras se iba a la cama, después de una cena fría, decidió que al día siguiente arrancaría los manzanos para plantar unos nuevos.
Se levantó temprano, y caminó hacia los pomares bajo un alegre sol invernal. Parecía haber reflejos de luz entre los manzanos, y al acercarse comprobó que las flores habían desaparecido y en su lugar NO había manzanas, sino unos extraños frutos luminosos con forma de estrella.
Sintiéndose de repente muy cansado, se dejó caer al pie de un árbol y contempló aquel espectáculo inusitado. Lo único que acertaba a pensar era que no sabía quién le compraría aquella extraña cosecha, ya que no parecía que aquella fruta tuviera ninguna utilidad.
Mientras pensaba esto, un carruaje acertó a pasar por el camino que lindaba con su granja. El coche se paró frente al pomar, y de él descendió el rey de aquel país, acompañado de su reina, que contemplaron los árboles con asombro. A una señal del monarca, el labriego se acercó a la carroza y el rey le compró todos aquellos frutos de luz, y le apalabró las cosechas venideras, y le entregó a cambio suficiente oro como para que el campesino no tuviera que volver a trabajar la tierra nunca más.
Sin embargo, y aunque ahora se había cumplido la promesa del hada del pozo, el hombre no era lo feliz que había supuesto que sería cuando fuera rico. Echaba de menos su vida de antes, y sobre todo echaba de menos al hada. Así que sus días transcurrían melancólicos junto al pozo del que ella había salido. Y si el hada volvió junto a él, compadecida por su tristeza y arrepentimiento, el cuento no lo dice.

Pero es lo que suele pasar cuando uno tiene algo y no le da el valor que merece. O peor aún, uno se enamora de un hada pero espera que el hada no se comporte como tal.