jueves, 15 de diciembre de 2016

Pagafantas



Había sido una escena del crimen como otra cualquiera de las que había visto el inspector Torres hasta que el sargento Bermúdez, inclinado sobre uno de los cuerpos, había comentado:
-          Nadie lo diría a primera vista, pero la chica no es una chica, es un neumático.
Torres miró más detenidamente el “cadáver”. Ahora percibió las sutiles diferencias del cabello y la piel con los de un ser humano: un tenue resplandor que un cuerpo muerto no tendría, la falta de rigidez en las extremidades. El operario forense lo movió, dejándolo boca arriba, los ojos abiertos de par de par, ojos azules que, cuando retiró las lentillas, se volvieron dorados, constatando que era un “neumático”, nombre popular que se daba a los robots.
-         ¿Qué ha ocurrido aquí? – se preguntó el inspector en voz alta. No esperaba una respuesta, pero el sargento, mientras inspeccionaba la herida del muerto, contestó, señalando la escena para dar más énfasis a su teoría.
-         Creo…  Él estaba sentado a la mesa, ella, bueno, el neumático, estaba a su lado, de pie. Él se levantó de pronto, tirando la silla, y la golpeó en la cabeza con la botella. Siguió con los golpes durante un rato, de rodillas sobre el cuerpo; luego se puso en pie y se apoyó en el aparador. Sacó la pistola, le disparó en la cabeza y luego se pegó un tiro.
Torres asintió, distraídamente. No tenía dudas sobre el relato de los hechos que Bermúdez había hecho. Lo que había querido preguntar era el trasfondo de lo ocurrido, qué llevaba a un hombre joven a destruir un robot por el que se había preocupado tanto como para personalizarlo a su gusto, y luego suicidarse. Se volvió a los técnicos y alzó la voz.
-         Está claro, sí. Les dejo que terminen su trabajo. Bermúdez, si quiere le acerco a comisaría, no tenemos nada que hacer aquí.

Pasó toda la tarde intranquilo, rumiando la escena del “no-asesinato/suicidio” de la mañana, como la había llamado el sargento en un raro momento de humor. Se habían escrito los informes, se había dado por archivado el caso y, sin embargo, no estaba satisfecho. Era una de las escasas veces en su carrera en la que la motivación le interesaba más que el hecho.
Por fin, con los dedos doloridos de tamborilear en la mesa mientras buscaba una respuesta, se dirigió al departamento  técnico, en uno de los pisos bajos del edificio. Llamó y le respondió una mujer, a la que le explicó sus dudas. Llevaba consigo una copia del expediente del muerto y la técnico le echó un vistazo. Al ver el nombre en el encabezamiento, hizo un gesto de pesar que sorprendió a Torres.
-         Le conocía, ¿sabe? Estudiamos juntos la secundaria. – Dijo ella, a modo de explicación, y él asintió. La mujer desapareció unos minutos en el almacén del laboratorio, para regresar con el robot femenino, que había sido recogido como prueba. Envuelto en plástico y sobre una camilla, daba toda la impresión de ser un auténtico cadáver, otra vez, tanto que ambos comenzaron a hablar en susurros.
-         ¿Cree usted que podríamos saber lo que ocurrió antes de que fuera destruida? ,- la técnico asintió.
-         Este modelo no es muy reciente, lleva tarjeta de memoria que podemos leer con un dispositivo común. Los más modernos descargan sus datos en la nube, para acceder a ellos se necesita una clave. Así que sí, si la tarjeta no fue muy dañada, claro.

Bajo el cabello artificial, de un rubio subido y con un corte de pelo sofisticado, se accedía a un puerto en el que se alojaba el “cerebro” del robot. La tarjeta no había recibido daños y la técnico tardó muy poco en leerla en uno de los ordenadores de la sala. En el monitor aparecieron distintas carpetas que almacenaban la información de las funciones del androide, pero la que les interesaba era una que había sido renombrada como Recuerdos. Dentro había una recopilación de vídeos, ordenados cronológicamente. Por un momento, los investigadores dudaron sobre cuál abrir.
-          ¿Quiere ver el último o…?
-          Abra uno al azar, por favor.
En el monitor apareció, viva y sonriente, la imagen del propietario del robot. Estaban viendo lo mismo que veían los ojos artificiales.
-         Hola, preciosa, - decía el difunto, - ¿has dormido bien? ,  - “Debía dejarla hibernando para ahorrar energía”, - murmuró la técnico. En la pantalla se sucedían las imágenes, un poco distorsionadas y confusas, en las que el muerto hablaba por los codos sobre sí mismo y las circunstancias de su vida que cambiarían con el robot. Probaron con otros vídeos, en todos sucedía más o menos lo mismo, aunque era evidente que el androide estaba siendo programado poco a poco por su dueño.
-         Creo que pretendía convertirla en su pareja, - dijo la técnico. En su rostro se dibujó una sonrisa despectiva. – Pobre. Siempre se fijaba en ese tipo de mujer. Esas que nunca se fijarían en él. Pobre. – Repitió, y se puso colorada. Ante la mirada estupefacta del inspector, bajó los ojos y añadió: - A mí me gustaba, en aquella época pero, claro, nunca se hubiera fijado en mí.
Torres pensó que era bajita y atractiva, y que la forma en la que le caía un mechón de cabello oscuro sobre los ojos era un placer para la vista. Y se ruborizó a su vez. Ambos permanecieron en silencio unos instantes, que él rompió para pedirle que pusiera el último vídeo. La escena era la misma, la misma habitación, la misma conversación, o, mejor dicho, el mismo monólogo. El suicida se sentaba a la mesa, como había adivinado el sargento, y comía algo precocinado ante la mirada impasible del robot. De repente, la voz ligeramente metálica del androide había pronunciado el nombre de su dueño. Él la miró, entre sorprendido y esperanzado.
-         Lo siento. No eres tú. Soy yo. – Había añadido la máquina, dejando pasmado por un momento a su interlocutor. Luego, la expresión de él se transformó en ira y furia. El inspector pidió a su compañera que parase la grabación. Ya sabía lo que iba a ocurrir después. Hubo otro silencio mientras la mujer apagaba los monitores y recogía las pruebas. Escribió un escueto informe bajo la mirada de Torres, que firmó al final y se miró el reloj.
-         Ya es más que hora de irse a casa. ¿Le apetecería cenar conmigo? – Durante la cena, ambos se sintieron a gusto en compañía del otro. Algo había salido bien de aquel caso, pensó él, al acompañarla a casa. Al despedirse, en el portal, lo comentó con ella, y el gesto de la mujer volvió a mostrar una mezcla de pena  y guasa.

-         Pobre. – Repitió. – Después de todo, hasta el final ha sido un pagafantas.