lunes, 20 de abril de 2015

Spot



Abuelo seguía con la mirada el desarrollo del juego: Timmy lanzaba con todas sus fuerzas el palo hacia la laguna y Spot corría a buscarlo y se lo devolvía. Una, y otra, y otra vez.
-         No lo lances al agua, - advirtió Abuelo, al notar que la trayectoria parabólica que describía el palo se iba ampliando hasta acercarse peligrosamente a la orilla. Timmy hizo un gesto de asentimiento, y su siguiente lanzamiento fue mucho más corto. “Menos mal que es obediente”, pensó Abuelo, “ya pasó mi momento de correr detrás de los respondones”.
La brisa se movió sobre la hierba, y Abuelo pensó que estaba demasiado alta y que ya era tiempo de segarla. Había mucho trabajo, además: reponer las cercas que la última tormenta había tirado al suelo, escardar el jardín y repoblar los arriates. Mañana, se dijo, mañana iré a las cercas y dejaré que Timmy se encargue del jardín. No todo puede ser juego, tiene que hacerse responsable.
Desde el interior del habitáculo que tenía a su espalda llegó un sonido inconfundible de cacharros y vajilla que hizo que Timmy dejara de lanzar el palo y se volviera a mirar. Spot se colocó a su lado, venteando ansiosamente, y Abuelo se echó a reír.
-         Vamos, es la hora de cenar, ya podéis entrar. – El palo cayó a tierra. Al pasar junto a Abuelo, Timmy se paró un momento.
-         Abuelo, ¿era así? ¿Siempre ha sido así? ¿Siempre era verano? ¿Los niños lanzaban los palos y un Spot los recogía y se los traía de vuelta? – Abuelo meditó un momento y, por fin, acarició la superficie metálica de la cabeza de Spot.
-         No, no siempre era verano, - respondió, y el pequeño Timmy pareció satisfecho con la respuesta, y entró.
Abuelo se quedó un momento fuera, mirando el cielo que se volvía rojo por momentos al oeste, mientras al este se oscurecía. Las luciérnagas comenzaron a brillar entre los juncos de la laguna y el croar de las ranas llenó el aire.
No, antes no siempre era verano. Las estaciones se sucedían, aunque él no estaba muy seguro de cómo. Sabía que a veces hacía tanto frío que la lluvia se convertía en nieve, una cosa blanca que cubría todo con un manto para que los niños jugaran en él, y que los árboles, alguna vez, habían perdido sus hojas, una idea que se le antojaba espantosa, en el momento llamado otoño, para luego recuperarlas en el tiempo llamado primavera.
Ahora, la savia de los árboles se mantenía en estasis, impidiendo que se desarrollaran. Los frutos no entraban en sazón, a no ser que se les indujera artificialmente para conseguir semillas con las que repoblar. Sólo la hierba se negaba a la exigencia de permanecer sin cambios.
Aquella era la idea principal: evitar los cambios. Había que adaptarse, claro, y así entraron en juego los sustitutos. Spot, por ejemplo, era un sustituto en estado puro. Se había creado para suplir a los perros, en el ya lejano y olvidado 2015, como un ente sin inteligencia ni capacidad de aprendizaje, poco menos que un cuerpo metálico con cuatro patas casi arácnidas que imitaban de forma burda los movimientos del animal al que intentaban reemplazar. Nada que ver con el Spot que jugaba con Timmy, que era capaz de aprender por el procedimiento de prueba y error.

Tampoco las luciérnagas eran otra cosa que diminutos drones, que emitían los ruidos nocturnos. Todo había sido diseñado para imitar las vidas que se habían perdido, para mantener todo conforme a lo que había sido el mundo de los creadores. Abuelo pensó que ya era hora de explicarle a Timmy cuál era su misión.

-         Esperamos el regreso del Hijo del Hombre, - se dijo, convencido, sin saber que aquella certidumbre no era otra cosa que parte de su programación.