martes, 31 de enero de 2017

Beso robado



Yo tenía 19 años. Lo mismo hubiera dado que tuviera 14: la misma inexperiencia, la misma timidez. Todavía estaba unida a mi antiguo colegio, a pesar de ser universitaria. Sobre todo, me unía ser parte del coro. Y el coro era mi vida, porque en el coro estaba él.
Decir que cada vez que le veía se me paraba el corazón no se ajusta a la intensidad del amor, el primer amor, que sentía por él. No sólo era el primero, sino también un amor imposible, lo que lo convertía en un objeto precioso y doloroso a partes iguales. Una siempre ha tenido un puntito de masoquista, a decir verdad. El hecho de que fuera un amor no correspondido no me preocupaba en absoluto, porque, a decir verdad, tampoco esperaba ser correspondida. Jamás se me hubiera ocurrido que él podría tener hacia mí un interés amoroso. ¿Como iba a fijarse aquel dios griego con sus preciosos ojos verdes y su maravillosa voz de barítono, que me hacía estremecer cuando pronunciaba mi nombre, en mí, pobre criatura sin ninguna gracia? Para rematar el asunto, durante tres años, los años del bachillerato, había sido mi profesor.
El coro lo había formado la profesora de música, Elvira, a la que llamábamos La Santa Inquisición porque había sido monja y todavía tenía maneras, como cuando nos tiraba a la cabeza el diapasón cuando nos reíamos en los ensayos, aunque con tan mala puntería que no daba nunca a nadie. Lo que comenzó siendo una actividad extraescolar se convirtió en una pasión para los que lo componíamos, alumnos y profesores. Y mi pasión privada, pequeñita, se acrecentó cuando él se unió. Y como era barítono y yo mezzosoprano, su sitio estaba justo detrás del mío. Y como él tenía un ánimo juguetón, siempre me tiraba del pelo, o se apoyaba en mí para leer las partituras. Y yo me sonrojaba, sintiendo su brazo sobre mi hombro, su aliento, el olor de su colonia. Era una tortura por la que me hubiera dejado matar.
Pero nada dura para siempre. Y llegó aquel diciembre en el que, tras participar en el concurso de villancicos, el coro se disolvería y se refundaría en otros dos, por problemas que no vienen al caso, y yo no estaba interesado en participar en ninguno. Así que apuré aquellos días de ensayos últimos, disfrutando cada momento a su lado, sabiendo que era muy difícil que volviéramos a estar juntos de aquella manera.
El concurso terminó. Habíamos ganado y fuimos a celebrarlo. Atestamos un bar cercano al teatro, se pidieron cervezas y raciones y comimos y bebimos juntos por última vez. 
Por fin, llegó la hora de despedirse. Salimos todos juntos al frío aire invernal y nos abrazamos unos a otros, nos dimos las manos... Cuando quise darme cuenta, estaba en sus brazos, se despedía de mí con un beso en la mejilla. No sé si fue la cerveza o la desesperación, pero cuando su rostro se acercó al mío tiré de su corbata y le planté un beso en los labios. 
Ni siquiera se inmutó. Me miró sonriente y me dio un golpecito en la cabeza con la palma de la mano. Como a una niña.