jueves, 30 de junio de 2011

Soñar despierta...


Durante un rato me he permitido soñar despierta y me he puesto a buscar una habitación en un hotel de playa en el que estuve en agosto del año pasado con mi familia, pero esta vez pensaba en escaparme con él, lejos de nuestras respectivas realidades, de nuestro día a día...

Durante un rato he imaginado como sería: un fin de semana tranquilo; simplemente caminar por la playa, hablar de cosas sin importancia, contarnos nuestros secretos; ser nosotros mismos, no los que somos cada día, sino esos que escondemos a los demás, los que ni siquiera nuestros amigos conocen...Yo me dejaría querer, sacaría mi lado más dulce, y también el más loco; y él sería mi caballero andante, me haría sentir su princesa, su reina...


Nos he imaginado sentados en la arena, con el sabor de la sal en los labios, mi cabeza en su hombro, y, como fondo, el sonido del mar... Una imagen idílica, onírica, pura, sin defectos... Luego, la noche caería sobre el agua, las estrellas lucirían sobre nosotros, y yo tomaría la iniciativa y le diría al oído que le quiero...

lunes, 27 de junio de 2011

32º


Que en Bar-Galen haya 32º en junio no es ninguna novedad... Lo que ocurre es que son las 23:50 y el termómetro se empeña en quedarse ahí, sin bajar ni una décima... Además, acabo de tomar un aparentemente inofensivo sorbete de limón, que mi hermano ha preparado en un momento con un resto de champán que quedaba en la nevera y helado... Hummmm, que bueno, que fresco, pero qué desastres provoca: ahora, una vez pasado el efecto refrescante, siento que las compuertas que, normalmente, están cerradas en mi cerebro, se abren por efecto del alcohol, y tengo que controlar la riada de pensamientos y deseos que, en circunstancias normales, están quietecitos al fondo, callados, y ahora se empeñan en salir o, como poco, en levantar la voz...

Busco. Toda mi vida ha estado marcada por la búsqueda de algo que no sé lo que es, pero que, estoy segura, reconoceré cuando lo encuentre... Ahora miro, y veo, y siento, y no sé si es real o el reflejo de mi necesidad de buscar... y, de repente, no me importa... Lo que veo y siento me gusta, me hace sentir viva, aunque no sea real, aunque sólo sea real para mí...

Ahora, sentada frente a la pantalla, supongo que él nunca leerá esta entrada, (y qué más da si la lee), y me invade el deseo de dejar de escribir, de salir al jardín y sentarme a mirar la noche, con los pies en el agua, imaginando lo que sería que estuviera aquí, conmigo, a mi lado: mi mano entre las suyas; mi piel contra su piel, ardiente, y en mi boca las palabras exactas y los besos más profundos...

jueves, 23 de junio de 2011

Noche de San Juan


Era esta misma noche, la noche de San Juan de hace no se cuanto tiempo, y si lo sé, no quiero mencionarlo... Mi enamorado de entonces, (o al menos él decía estar enamorado), creía creer en la magia, en lo sobrenatural en su versión más pagana, en los ovnis, en la reencarnación y en las energías místicas. Y yo, que soy tan meridional que sólo puedo creer o en Dios o en nada, me limitaba a dejarle hacer...
Digo todo ésto no con ánimo de criticar, sino para explicar porqué aquella noche estábamos en el campo, después de medianoche, con otros amigos, recogiendo hierbas para hacer un ramo. No recuerdo para qué servía aquel atado de hierbas, cortadas bajo las estrellas: romero, tomillo, ajedrea... Olía como olían esta mañana las calles de Toledo, antes y después de la procesión del Corpus... Como huele ahora mismo en mi habitación, porque me he traído un ramito al volver a casa, embebido con el perfume del incienso...
Aquella noche la luna estaba, como hoy, medio velada, y más que medio menguante. Hacía calor, como hoy, y nos acompañaba el ruido amable que suelen emitir los jóvenes cuando están juntos y lo pasan bien. Volvíamos a mi casa, y mientras mis amigos charlaban y reían, yo caminaba en silencio enmedio de ellos, intentando que aquel instante quedara captado para siempre por la Polaroid de la memoria, puro y nítido: una mezcla de olores y sentimientos, una mezcla de amor e indiferencia, un recordatorio de lo que fuimos...

lunes, 20 de junio de 2011

La gata


Anoche hiciste que me fuera a la cama con una sonrisa en la cara que hubiera envidiado el mismísimo Gato de Cheshire y que me ha durado hasta la mañana. Ya sé que, posiblemente, probablemente, no tenías intención de hacerme sonreír. O quizás sí. Porque he ido adivinando, con el tiempo, que tienes un sentido del humor muy parecido al mío, que eres capaz de seguirme cuando estoy de broma lo mismo que cuando hablo en serio, y, lo más importante, eres capaz de distinguir cuando es lo uno o lo otro.

Cómo echaba de menos hablar contigo… Ese flirteo continuo con el que te abrumo, haciéndote las proposiciones más escandalosas, que tú te tomas con la mayor tranquilidad y que, en el fondo, tienen un punto de verdad que, estoy segura, también te hace sonreír.

Hoy, por tu culpa, en el día más caluroso de lo que llevamos de año en Toledo, he tenido que meterme en el agua fría varias veces, lo que, en realidad, ha sido contraproducente, porque el efecto ha sido el mismo que si un caballero en cota de mallas, con guanteletes de acero, frío, me abrazara entera. Y mientras mi piel se enfriaba, mi imaginación ardía, y te convertías en el objeto de un deseo absurdo, de una repentina necesidad de tenerte al lado, de probar el sabor de tus labios; una escena de vodevil, algo ligero, frívolo y sentimental que no nos llevaría a ningún sitio. Uno de esos momentos en los que el oscuro animal que me habita toma las riendas de mi consciencia y me vuelve una gata, una gata que mira a través de los espejos, como Alicia, buscando alguien amable…


viernes, 3 de junio de 2011

Oscuro



Amo de ti la oscuridad; ese lado

imperfecto y sombrío que no alumbra

ni siquiera la luna; el que adivino

cada vez que me cruzo en tu mirada.

Amo de ti el sabor desconocido;

ese músculo que apenas entreveo,

que descubro en tu cuello cuando andas;

y el color de tus ojos y tu pelo.

Amo de ti tu hielo y tus hogueras,

te amo como eres, sin pretextos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Volviendo al desván


Uff, como pasa el tiempo. Más de un año sin aparecer por aquí, porque, entre otras cosas, no me apetecía cargar aún más el pesado fardo de la depresión con estos recuerdos, que mientras permanezcan medio enterrados en la arena del tiempo no son otra cosa que eso, imágenes y sentimientos pasados.
Nunca he creído merecer el comentario que hizo un amigo poeta sobre las cosas que escribo, a saber: que a mi obra siempre le tocaba bailar con la más fea. Será que yo no tengo suficiente sensibilidad para que me inspiren otras cosas que no sean mis propios sentimientos, que la mayoría de las veces se ven teñidos de pesimismo y dolor, pero es que me veo incapaz de escribir, como él, que 'la tarde de agosto era un paragüero' y quedarme tan ancha... Así que, efectivamente, he estado bailando con la más fea desde el vals a la polka, pasando por todo tipo de ritmos, pero era MI fea, y estas cosas se resuelven en familia, sin airearlas.
También es verdad que por culpa de la depresión he dejado todo lo que creía que me importaba algo, así como mi llamémosle relación, y ahora mi barquita navega sola por esos mares, un poco más vieja pero me temo que no más sabia, por lo que lamentablemente, y mi alma se regocija con la idea, volveré a caer en las mismas cosas, me enamoraré perdidamente de algún tipo que no me convenga, o, lo que es peor, no sepa ni que existo; sufriré y lloraré, y, al mismo tiempo, me divertiré un montón. Con vosotros, si seguís queriendo pasar por este pequeño rincón.

lunes, 8 de marzo de 2010

La lluvia que no cesa

Como un adelanto de la Primavera, los almendros comienzan a llenarse de flores, a pesar de la lluvia que no cesa...
Esta foto, tomada con el móvil el año pasado en una de mis caminatas, no tiene nada que ver con los brotes que puedo contemplar hoy en los árboles con los que me cruzo en mi caminar, casi siempre con el sonido de las gotas sobre la capucha de mi impermeable como único acompañamiento. Mientras camino, imagino cosas que luego, al volver a casa, decido no plasmar en ningún sitio. Y recuerdo otras cosas, que a veces me hacen sonreir y, otras veces, dejar correr por mi rostro lágrimas que, como las del replicante, se confunden con la lluvia...
Había sido un viaje agradable; la compañía siempre es importante cuando una pasa dos días fuera de casa. Como siempre ocurre, había habido roces en algún momento puntual, pero nada más grave que una discursión a gritos por un yogur desaparecido...
Yo estaba viviendo en otro plano espiritual en ese momento, todas mis energías se centraban en la carta, una carta, sí, de él, que llevaba en el bolsillo, y que releía cada vez que mis enérgicos compañeros de fatigas me dejaban sola un momento. Ese pedazo de papel tenía la capacidad de teletransportarme al recuerdo más cercano, la tarde de lluvia en la que, con la música de Creedence como fondo, le había dejado llevarme hasta mi casa en su cochecito blanco. Dios mío, cómo podía yo ser tan inocente..., me sorprendo incluso ahora de haber sentido lo que sentí cuando, al despedirse, deslizó un sobre en mi mano, un sobre que se arrugó porque me la apretó muy fuerte, mi manecita, la única que sigue igual, dentro de la suya, tan grande, y sin mirarme me pidió que lo leyera y le dijera algo a la vuelta...
Cuando crecemos, nos hacemos adultos, comenzamos a vivir la vida como si fuera una maratón que nos va a llevar a algún lado, a una meta hipotética en la que seremos mejores y más felices, y nos olvidamos de mirar a los lados, de parar para descansar debajo de ese árbol que nos ofrece su sombra, para beber la vida como se paladea un buen vino, y dejamos atrás esas emociones que son más importantes que todo lo que ahora conseguimos...
Era más importante ese momento, la espera hasta llegar a casa, la emoción de la primera frase, que nunca olvidaré, el primer beso, el roce de una mano, que todo lo que luego se ha podido conseguir con prisas, con esa soberbia de creernos ya preparados para todo, dejar de lado los preliminares, lanzarse al mar sin probar primero la sal del agua...

Yo te amaba, aunque haga tanto tiempo que ya ni te acuerdes...


domingo, 14 de febrero de 2010

San Valentín


¿Te sientes sola esta noche?, pregunta El Rey con su cálida, inolvidable voz... Psí, quien puede decir que no a Elvis... Es lógico que, en un día como éste, al mirar alrededor, se sienta un poco más presente ese vacío que hay en el corazón. Hablo por mí, los demás pueden tomarlo como quieran...

¿Te sientes sola esta noche?... El estribillo se repite, una y otra vez, como una nana que pudiera echar a dormir mis defensas, dejarme inerme ante esa verdad que niego, que me repito como un mantra: que más vale estar sola que mal acompañada, pero que el mundo esta lleno de infinitos tonos de gris, no siempre va a ser todo blanco o negro...

¿Te sientes sola esta noche?... Lo que siento es la necesidad de abandonarme, de dejar de lado mis reservas, de sentirme amada y protegida, sí, protegida: que él me tome entre sus brazos, me estreche contra su corazón y me diga, muy bajito, que no hay nada que temer, que estará ahí cuando lo necesite, y que no intentará entenderme, solamente amarme... Sólo amarme y dejarse amar...

Ámame como soy, y deja que te ame como sólo yo sé amar...

domingo, 31 de enero de 2010

Escape




Hoy he abandonado, por fin, la cárcel de papel en la que estaba confinada. Durará unos días, por que, como pasa con las películas de éxito, habrá una segunda parte, pero hasta entonces voy a salir al mundo, a abrir de par en par las ventanas del desván para que se ventile; a abandonar la cafeína, que se ha adueñado de mi sangre y de mis nervios de tal manera que si algún vampiro se atreviera a morderme, tendría que tomar tila a continuación... Espero poder aprovechar estos días fríos y soleados que nos ofrece el Invierno para pasear hasta los almendros y contemplar sus brotes. Si, ya sé que la Candelaria está ahí, a un paso, y como dice el refrán, implore o deje de implorar, la mitad del Invierno nos queda de pasar... Pero esa visión de una cigüeña que hoy ha cruzado, alta en el cielo, me trae la esperanza de la Primavera y de las hojas nuevas. También del Verano lejano y todavía envuelto en misterio, de mi necesidad de agua de mar, de mis proyectos para cuando el sol brille con fuerza sobre nuestras cabezas...
Hoy me escapo, camino de Bar Galen, la verde ciudad élfica en la que existo plenamente. Hoy me marcho a mirar la luna llena, sin otra preocupación que pensar en Morgil....

martes, 19 de enero de 2010

El año del gato


No existe el año del Gato en el horóscopo chino. Dice la leyenda que, cuando Buda convocó a los animales, el Gato y la Rata viajaron juntos. Pero la Rata no despertó al Gato, que se quedó durmiendo hasta tarde, como suelen hacer estos animales, y llegó la primera para recibir la bendición de Buda. Por eso los gatos odian a las ratas, dicen los chinos.
Y después de esta lección sobre las tradiciones del Extremo Oriente, sólo añadir que el próximo 14 de febrero comienza el año del Tigre... ¿y que es un tigre, sino un gato grande?



Intentar retener su corazón
es como intentar cabalgar a un tigre,
es encerrar el mar en una botella,
es querer medir el cielo con los dedos...

(Pero tú conocías al gato que soy,
la misma que era al encontrarnos,
y lo que amabas de mí era mi espíritu libre,
y mis arañazos en tu espalda...
Y ahora dices que soy complicada,
que hay una fiera escondida en mis ojos,
que no soy como las demás mujeres...
Que debería ser modosa y reír con disimulo.
Pues seré tigre, y mar, y cielo;
seré la que busca, la errática, el adiós definitivo)


martes, 12 de enero de 2010

Melancolía


Bendita la lluvia,
que derrite la nieve y esconde mis lágrimas.
Bendito el torrente del tiempo,
que arrastra mis recuerdos al olvido.
Bendito sea el mar de tu mirada,
aunque no vuelva a bañarme en sus orillas...

lunes, 28 de diciembre de 2009

Niebla y sal

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
(Pablo Neruda. Poema 20)



Puedo escribirte versos azules esta noche,
con las estrellas que tiritan hasta el alba.
Puedo escribir con vaho tu nombre en los cristales,
y borrarlo después con la sal de mis lágrimas.
Yo puedo, yo quiero, pero, ¿y tú? ¿No me quieres?
¿Que importa que la noche esté empapada en plata,
que la ventana sea escaparate de niebla,
que la lluvia golpee en el cristal con fuerza?
Eres tú el que golpea en mi alma, Morgil, mi estrella,
mi oscuridad, consuelo, luz de mi herida abierta.
Eres tú. Sólo tú: Mi noche clara.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Navidad



Ahora, a toro pasado, reconozco que la Navidad tampoco está tan mal, pero sigue sin gustarme. Me imagino que, si estuviera aquí mi sobrina, sería distinto: regañaríamos por dónde colocar las ovejas en el belén, me pasaría el rato devolviendo las bolas de colorines a las ramas más bajas del abeto, y en la tele no faltaría nunca Barbie en un cuento de Navidad ni Epi y Blas...

La Navidad, aparte de las devociones, es una fiesta para niños. Los que, como yo, no parece que vayamos a dejar huella genética en este ancho mundo, me comprenderán cuando me lean: Navidad sin niños es como una maceta sin flores, que decía la copla. Una vez que has crecido lo suficiente para perder ese toque mágico que te hace oír los pasos de los Reyes Magos en el pasillo de casa, la madrugada del 6 de enero, estas fiestas no vuelven a ser lo mismo. Puedes estar silbando villancicos mientras arreglas, muy artísticamente, un centro de mesa con velas y acebo, pero el verdadero espíritu de la Navidad reside en el espumillón, el belén de plástico con un río de papel de plata, y una bandeja sobre la mesa con turrón de chocolate y nada light a la vista.

Así y todo, me esfuerzo en mantener un espíritu festivo en esta Navidad solitaria, y enciendo velas y luces brillantes, y me visto con mis mejores galas para recibir al Niño que nace, como cada año, en un establo y en el corazón de los que creen en Él...



lunes, 21 de diciembre de 2009

Sola


Absurdamente, mi corazón quiere descanso,

sin saber que descansar es morir.

No tengo fuerzas para entregar mi alma,
ni ganas de volver la espalda al pasado;
no quiero, ni puedo, pensar en enamorarme.
Sólo se que termino hiriendo al otro,
que no hay excusas ni advertencias que valgan.
Que quemo y que consumo, como si fuera fuego,
como el fuego que soy, que ningún hielo lo apaga.
No puedo, no quiero, no jugaré de nuevo:
algún día recordarás y me darás las gracias...

domingo, 6 de diciembre de 2009

Domingo en la niebla


Efectivamente, tenía que ser hoy: un domingo cualquiera, pero menos; porque mañana es fiesta y, aparte de por las devociones, tiene vocación de sábado. Un domingo sin sol, envuelto en las brumas de una niebla que es producto del sol de ayer y la humedad de la noche.
Y aquí estaba yo, disfrazada de Cenicienta, pero en la Cenicienta que era antes de calzar el zapato de cristal: afanada frente a la chimenea, limpiando los restos del día anterior, con un delantal rojo y un pañuelo cubriendo mis cabellos. Como suele ocurrir en la vida real, ni yo cantaba mientras trabajaba, ni ninguno de mis gatos me estaba echando ni siquiera una garra. Esperaban, tumbados en la alfombra, a que el fuego volviera a lucir para sentarse enfrente, en una suerte de adoración que repiten cada día, como un ritual pagano. Y ha sido entonces cuando ha sonado el timbre de la puerta, y, con un repentino presentimiento, he sabido que era él, y que el domingo al que se había referido en nuestro último encuentro era éste.
Mientras voy hacia la puerta de la calle, el jardín, tomado por la niebla, me parece un lugar extraño e indistinto. Los álamos recogen en sus desnudas ramas los jirones blancos, como en una película de terror de bajo presupuesto, y el agua de la piscina parece blanquecina, manchada, turbia, con el reflejo de esta luz lechosa que se filtra entre las nubes bajas. La manija de la puerta está perlada por gotas de humedad que me mojan la mano y hacen que se me resbale, con lo que la tarea de abrir se convierte en un juego de paciencia entre la puerta y yo. Por fin nos encontramos, cara a cara, él envuelto en un abrigo demasiado pesado para este clima; yo, a cuerpo, con el delantal aún puesto y la cabeza cubierta. Repentinamente, antes de que ninguno pueda decir nada, él levanta la mano y sus dedos me acarician la mejilla. Al retirarlos, me muestra el índice y el medio manchados de ceniza, mientras se ríe, con una risa franca y dulce que me hace sonreír.
En el salón, ahora vacío, porque los gatos han intuido la presencia de un extraño y han desaparecido en dirección a alguna cama, el fuego recién encendido crepita alegremente en la chimenea. A la escasa luz que entra por las ventanas parece un lugar íntimo, una isla de quietud y de calor rodeada de blanca frialdad. Sin embargo, a pesar de esa invitación tácita que parecen ofrecer los sofás, él me pregunta si no me apetece dar una vuelta, mientras haya luz, porque el atardecer parece estar ahí, acechante, a la vuelta de la esquina, y eso que sólo son las cinco de la tarde.
A regañadientes, acepto salir de mi santuario cálido para enfrentar la niebla y quién sabe qué revelaciones, pero antes me cambio para salir y me lavo la cara. Mientras me miro en el espejo siento ganas de sacar la lengua a mi imagen. Otra vez dejándome llevar... ¿adonde irá este camino, en el que convergen senderos y cursos?
Caminamos. La humedad se me posa en el pelo, en la cara, en las manos, que se van quedando frías, mientras comentamos sucesos triviales; la niebla convierte la calle en un pasadizo que nos dirige directamente hacia el campo. Las casas, a un lado y otro, parecen trazadas con carboncillo en un lienzo vivo, y los sonidos parecen ahogarse, difuminarse...
Al fin, casi cuando estoy pensando en pedirle que demos la vuelta, porque cada vez hay menos luz, una arboleda de encinas nos ofrece un refugio inesperado. En mitad del círculo de árboles hay una gran piedra plana, y, sobre nuestras cabezas, las ramas cubiertas de hojas perennes forman un techo que nos aísla, por un momento, del frío y humedo ambiente.
Inconscientemente, me froto las manos y él vuelve a reirse como al principio y las toma entre las suyas, que están calientes y secas, y, durante un instante largo como un siglo, permanecemos así, quietos, sin mirarnos, casi sin respirar. Yo sé que va a besarme, lo percibo, y cuando sus labios tocan los míos, también helados, siento como un choque eléctrico. Qué fácil es abandonarse a esa dulzura, qué fácil es entreabrir la boca, permitir que el beso se convierta en algo profundo, dejarse llevar hasta quedar estrechada entre sus brazos, apoyada en su pecho, oyendo los latidos extraños de su corazón...
Qué fácil es dejarse amar...


lunes, 30 de noviembre de 2009

Frío.



Amor mío: qué frío se hace el día sin tus besos.
Qué fríos mis dedos, a falta de enredarlos en los tuyos.
Qué helado mi corazón, que late por ti, y por ti sigue latiendo.
Qué noche de escarcha en mi cama, a la fría luz de las estrellas.
Y mientras te espero, sentada en el alféizar, cara a la luna,
siento que, como Alicia, con sólo atravesar el espejo,
esa fina capa de hielo que nos separa,
estaré entre tus brazos helados, para siempre.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Bacardi con limón


Lo mío, ya lo saben mis Lectores Constantes, es el vodka con naranja. Pero ¿que tomo cuando no hay un destornillador a la vista? Bueno, pues casi siempre opto por el ron con limón, y me imagino que estoy en una playa del Caribe, y que mi bebida tiene una sombrillita.
El sábado estaba yo invitada a una cena de esas a las que una se compromete mucho tiempo antes, y a pesar de mi enfermedad me decidí a ir, (acompañada de una nutrida delegación de virus de la gripe, que no me han dejado ni a sol ni a sombra desde hace unos días), por varios motivos, entre ellos que me estaba apolillando de estar encerrada en casa, y, por otra parte, le había prometido a mi hermano que le acompañaría. Así que me abrigué bien abrigadita, porque el evento se desarrollaba un poco más al Norte de donde habitualmente vivo, con bufanda y todo, aunque debajo del abrigo me había puesto mis leggins negros, una túnica con un aire folk de esas que se llevan tanto, que parecen un vestido, y mis botas favoritas, mis botas verdes de media caña, que no combinaban con el bolso, pero qué se le va a hacer...
Lo peor era la ronquera. Me había tomado una dosis de Iniston que, por alguna razón que seguro que explicaba el prospecto adjunto, que no me había leído, me había dejado afónica un día antes. Lo había solucionado, más o menos, gracias al farmaceútico, que me había dado unas pastillas que se deshacían en la boca y me permitían hablar, o por lo menos articular sonidos semi-inteligibles bastante parecidos al croar de una rana. Pero eso, claro, no iba a detenerme, ni tampoco a impedirme que hablara (o lo intentara) en la fiesta. Vamos, es que yo no me callo ni debajo del agua, lo digo sin acritú...
Bueno, pues allí estaba yo, en tierra extranjera rodeada de extraños o casi, porque a la mayoría de la gente no la había visto en mi vida, y a los que había visto los conocía poco o casi nada, pero eso tampoco iba a detenerme, soy una criatura social por naturaleza. Me gustan los desconocidos. Así que busqué mi sitio en las mesas, después de ponerme a disposición de los organizadores con mi voz aguardentosa, y me senté un momento. Hacía unos minutos que me había tomado el medicamento para la gripe, y me sentía un poco mareada. El murmullo de las conversaciones se había elevado hasta el límite de lo insoportable cuando se tiene la cabeza llena de algodón en rama, y de repente ya no me apetecía tanto estar allí. Pero como soy bastante razonable, (a veces, sólo a veces), me imaginé que se me pasaría. Lo que no me imaginaba era que una de las pocas personas a las que conocía en aquel salón iba a sentarse frente a mí en aquel preciso momento. No sé si, instintivamente, supo que estaba en un momento bajo o qué, pero de repente me encontré con la mirada de sus ojos azules clavada en los míos, mientras me preguntaba por mi salud y entablaba una conversación que enseguida tomó el sesgo peligroso de un interrogatorio tipo Stasi sobre mi vida y el estado de mi corazón. Que no sé que me pasa de un tiempo a esta parte, que he pasado de no vender una escoba a encontrar un amor en cada puerto...
Como siempre me pasa cuando me ruborizo, me encontré con que estaba furiosa, furiosa conmigo misma porque, encima, estaba tartamudeando y contestando a sus preguntas, todo en uno. Y no podía echarle la culpa al alcohol, porque aún no había bebido nada, así que debieron ser las drogas: el paracetamol podría tener en mí los efectos de un suero de la verdad, si a eso vamos.
Gracias a alguna divinidad indulgente, no estábamos sentados a la misma mesa durante la cena, por lo que tuve tiempo de recomponer mis maltrechas defensas. Mientras tomaba el entrante, hice cálculos mentales sobre lo que diría para arreglar todo lo que había confesado. El plato principal volvió a la cocina prácticamente sin tocar, (no soporto la vista de la sangre... en la comida, y al cortar el filete estuve a punto de gritar pidiendo un botiquín o una simple tirita), así que me concentré en el postre, un hermoso, frío y poco apropiado, tanto para las fechas en las que estamos como para un organismo en el que se ha cebado la gripe, helado de chocolate. Pero lo que de verdad me devolvió a mi estado natural fue el Bacardi con limón que bebo a falta de otra cosa, como os contaba al principio.
Así que, cuando me levanté para participar en el bullicio de la fiesta, ya era otra vez yo misma, con mi sonrisa pintada en la cara, mis nervios templados, sujetando el vaso de ron con limón como si fuera un apéndice de mi mano. Entonces, cuando él volvió a la carga, no hubo dudas ni tartamudeos. Simplemente conversamos como dos duelistas que manejan el florete con la misma maestría y nunca se llegan a tocar. Sólo al despedirnos, cuando se alejaba hacia su coche, él se volvió y me lanzó la última flecha: 'Nos vemos el domingo'. Y tuve que reconocerle el 'touché'.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Pleamar



La habitación está en penumbra, y llena de susurros. Pero el calor no está en la habitación, sino dentro de mí, como si tuviera una hoguera en el pecho y las brasas se hubieran repartido por mis miembros, hasta alcanzar las puntas de los dedos de manos y pies. Y duele. Duele toser, duele el roce del camisón contra la piel; el peso del edredón de plumas es como una losa ardiente, y la almohada parece empeñada en mantener una lucha constante contra mi cuello y mi nuca, cambiando de forma para no permitirme descansar...

El agua fresca, en un vaso sobre la mesita, se me figura estar a mil kilómetros de distancia, por supuesto que no tengo fuerzas para levantar la mano y alargar el brazo hasta allí, tendría que haber sido el tipo ese de los Cuatro Fantásticos para poder hacerlo. Pero lo intento. Y a la vez que lo intento, mis ojos están empeñados en no dejarme enfocar los objetos más cercanos. Se me plantea la disyuntiva de coger el vaso casi a ciegas o perder parte de mis energías alcanzando las gafas, porque, por supuesto, no tengo puestas las lentillas. Así que mi mundo está borroso e indistinto, una habitación como una nebulosa.
El Espacio, la última frontera... Bravo por la tripulación del Enterprise...
He debido quedarme dormida mientras reflexionaba sobre esto, porque cuando vuelvo a abrir los ojos está oscuro y alguien ha encendido la lámpara sobre la mesita de noche. El vaso ha desaparecido, y ya no siento tanta sed, ni tanto calor, como si la fiebre hubiera obedecido una ley inversa a la de la marea y, en vez de elevarse con la noche, hubiera descendido, como la bajamar...

Seguramente gracias a la acción de los medicamentos, también mi capacidad olfativa se ha agudizado, y el perfume dulzón del Vicks VapoRub enturbia todos los demás olores a mi alrededor, pero no lo suficiente como para no percibir esa mezcla de madera y almizcle que casi llevo impresa en mi propia piel. El estrecho círculo de luz de la lámpara de noche alcanza a tocar la butaca del rincón, donde suele terminar mi ropa cada noche, cubriendo la cabeza del peluche, un mapache de peluche enorme que suele ser el testigo involuntario de mis cotidianos strepteases, pero esta vez no puedo distinguir la mancha amarilla y negra en la que mi miopía convierte su graciosa figura. No. Hay alguien allí sentado, y no necesito mis gafas para saber que es él.
Siento, de repente, un gran cansancio, y acaricio la idea de gritar para que venga mi madre y le ponga de patitas en la calle, mientras otra parte de mí ya sabe que, cuando abra la boca, será para decir 'mira lo que ha traído el gato', mientras intento fingir indiferencia... Cuando esto ocurre, apenas reconozco el graznido en el que se ha convertido mi voz. Él se levanta, casi con precipitación, y es como si un tornado se abriera paso por mi cuarto: el mapache de peluche, (o mejor, la mancha amarilla con topos negros) sale disparado hasta chocar contra el armario, mientras la mesilla se tambalea y me alegro que el vaso de agua ya no esté allí, para no añadir una inundación al previsible desastre que ocurrirá tarde o temprano, mientras él recorre los escasos dos metros que le separan de mi cama. Pero, increíblemente, el desastre no se produce.
Me acabo de dar cuenta de que tendré un aspecto bastante horrible, pero qué más dá. Ya me he abandonado al Destino, no voy a escucharle, no pienso darle ni una oportunidad más... Pero cuando su peso convierte en una pendiente el borde de mi cama, ya no estoy tan segura de nada. Y cuando se inclina sobre mí, el rostro tan pálido, sus ojos grises fijos en los míos, los finos labios apretados, la pura imagen de la seriedad, mi corazón está a punto de estallar, no sé si de tristeza o de alegría. Y cuando sujeta mi mano en la suya, y me besa en la muñeca, sé que no hay nada que hacer, que estoy maldita, que pase lo que pase nunca podré alejarle de mí...

viernes, 30 de octubre de 2009

Naufragio

Hacía ya muchas noches que no me acostaba así: sintiendo como la cama se eleva y da vueltas, como la de la niña de El Exorcista, mientras mi pobre cerebro se mueve en dirección contraria, a la misma velocidad; y con el corazón latiéndome en las sienes. ¿El culpable?: 1/3 parte de vodka, 2/3 partes de zumo de naranja. En una palabra: destornillador. O mejor, una caja de herramientas enterita...
No estoy borracha. Simplemente, el grado de alcohol en sangre es demasiado elevado para una persona de mi peso y complexión. Pero no estoy borracha. Yo NUNCA me emborracho. Sé perfectamente lo que hago, intento no dar un traspiés que me lleve al suelo, y mientras camino hacia mi cama voy apoyándome en la pared del pasillo, a falta de un hombro en el que dejar caer mi peso, a falta de unos brazos que me sostengan, a falta de una boca que besar un momento antes de traspasar la puerta, con un beso que es un adelanto de lo que ocurrirá hasta la mañana. Pero mejor así: tengo demasiada dignidad como para permitir que nadie me vea perder la verticalidad y caer al suelo.
Dios, qué le habrá dado a esta habitación para dar tantas vueltas a mi alrededor. Ahora, parece que va un poco más lenta, y yo reflexiono sobre lo que ha pasado. Si ayer mismo, por la tarde, me hubieran dicho lo que ocurriría, cómo esas palabras atravesarían el cerco de mis dientes, no lo hubiera creído. Y es que, dentro, muy dentro de mí, la criatura cobarde que me habita ha estado impidiendo hasta ahora que esto suceda. Pero, de alguna manera, quizás porque 'in vino, veritas', me he comportado como siempre he deseado hacerlo. Y las cosas han quedado claras, nítidas, como esculpidas en hielo, ese hielo que se iba fundiendo en el vodka, ese mismo hielo que cubre tu alma y que mantiene frío tu helado corazón.

jueves, 29 de octubre de 2009

Otoño


Como cada vez que llega el otoño, siento esa imperiosa necesidad de marcharme, de dejar todo lo que hago y lo que me rodea, lo que tengo y lo que me hace ser como soy; simplemente echar a andar hacia un destino en el que nadie me conozca, en el que pueda ser yo, o el yo que vive en mí y que pocas veces muestro.
No lo hago nunca, y no se por qué. No me detiene ni el amor, ni la necesidad ni el remordimiento. No se muy bien lo que es la fidelidad, excepto la fidelidad a uno mismo que vivo cada día, que es mi credo y mi más profunda convicción. Supongo que no estoy preparada para emprender ese viaje, que todavía hay cosas aquí que tengo que vivir y soñar, sentir y sufrir, amar y disfrutar.
Me siento como un soldado curtido en mil batallas, con la piel cubierta de cicatrices, que aún empuña su arma, preparado para seguir luchando, pero deseando la hora del armisticio, si es posible con la victoria de su lado. Dejar las trincheras para marchar lejos, poder abandonar la armadura, porque ya no la necesitaré.
Temo que un día me decida y me lance, sin pensar, hacia delante, sin mirar lo que dejo. Hoy, enredada en este amor que tiene más de desamor que otra cosa, en este absurdo perseguir tu fantasma, me imagino que corto estas débiles amarras y hago zarpar el barco de mi vida.
No queda mucho para que ni siquiera seas un recuerdo en un trozo de papel.

Y un último apunte: hace unos días, una amiga, al presentarme a unos amigos suyos, lo hizo como 'Alawen', y al ir a rectificar, dijo: 'es que no me acostumbro a llamarte por tu nombre'. Será que mi AKA es más mío de lo que yo creía...


miércoles, 21 de octubre de 2009

De la mano de mi ángel



Yo no sé si os ha ocurrido alguna vez, que habéis sentido la presencia de vuestro ángel de la guarda más cercana que nunca... No me refiero a eso que se dice cuando alguien se salva de forma milagrosa de un accidente o enfermedad, sino a esos momentos de pura y completa soledad en los que el corazón se sobrecoge, encerrado en sí mismo, intentando escapar del dolor y del miedo, y entonces, casi imperceptible, el roce de un ala te acaricia la mejilla, y las lágrimas se detienen y es como si se hubiera encendido una pequeña llama de esperanza en medio del pecho.

Pero no es eso lo que os quiero contar. Mis sueños son como pasadizos a otros mundos, a otros lugares que no conozco, o que si conozco no tengo memoria de ellos. Mis sueños suelen comenzar, como ya he contado, cuando camino por una calle conocida y doblo una esquina hacia lo desconocido... Yo caminaba por mi calle, cuesta abajo, hacia un lugar donde hay un pequeño grupo de almendros amargos, que en primavera se cuajan de flores. Las casas conocidas, a un lado y a otro, se fueron distanciando, y poco a poco me adentré en un paisaje campestre que bien podía haber sido pintado por un prerrafaelita. De pronto, tuve consciencia de que no estaba sola, sino que iba conversando tranquilamente con alguien, que me llevaba de la mano. No puedo recordar su rostro, una vez más, y eso me consume en las horas de vigilia, cuando, como casi todas las noches, permanezco insomne en mi cama, contemplando como pasan las horas muertas mientras el resto del mundo duerme.
Mi compañero, del que guardo, como digo, un recuerdo vago, sonreía, sonreía siempre, mientras yo intentaba saludar a la gente con la que nos cruzábamos: unas veces eran conocidos y otros eran completos extraños, a los que yo, por alguna razón que tenía esa lógica ilógica de los sueños, intentaba hacer señas. Pero nadie me respondía, y, por fin, mi sonriente acompañante dijo, como quien comenta que va a llover, que nadie iba a responder a mi saludo porque no podían vernos. Porque yo estaba muerta, y era mi espíritu el que caminaba por el sendero desconocido. Y él era mi ángel, que me guiaba en mi camino.
Si tuve miedo o tristeza, no lo recuerdo. El único sentimiento que cabía en mi alma era la alegría, un gozo que parecía volver todo más brillante, como la luz última del sol bajo los árboles. Y mientras seguía sin temor a mi compañero, sentía su mano cálida en la mía...

martes, 20 de octubre de 2009


Tus dedos, como los dedos de la lluvia, me recorren la espalda.
Tus finos, delicados dedos; esas manos que reconozco al instante,
sólo con sentir su tacto.
Tus manos, tus brazos que me envuelven;
tus brazos, que me someten,
gentilmente, dulcemente, contra tu pecho,
y escucho latir tu corazón al compás del mío,
mientras mis lágrimas se secan contra tu camisa;
mis lágrimas como la lluvia de Otoño.
Y tú y yo somos sólo lluvia.