Me hechizaste con una piedra de luna, con ámbar y con verde jade, y conjuraste los colores de cuerpo: mi blanca piel, mi cabello y mis ojos que por ti centellean. Y me coronaste, y me amaste, y desde entonces soy tu prisionera.
- ... pero, ¿sabes lo que es lo mejor? - pregunta, con los ojos brillantes, mientras se lleva a la boca la última cucharada de helado y se recrea en la pausa. Su amiga se ríe, y la mira con más detenimiento mientras niega con la cabeza. Hay algo distinto en ella, y, se da cuenta de repente, es la felicidad que refleja. - Lo mejor, - continúa mientras la señala con la cucharilla, brillante otra vez, limpia del chocolate - lo mejor es sentirte... como decirte, arropada. Cobijada. Envuelta en su cariño... Eso, eso es importante. Es lo mejor de todo.
Si volviera a mis veinte años, como en una de esas películas de ciencia-ficción, buscaría a mi "yo" de entonces, y le diría que lo hiciera todo igual. Que cometiera los mismos errores que he cometido, que riera como yo reí; que vertiera las lágrimas que yo he vertido. Porque error, risa y llanto me conducirán, inexorablemente, a ti.
Me cruzo con ellos bajo la lluvia. Son una pareja joven, les calculo unos veinticinco años, y llevan un perro. Se ve que están enamorados y que viven juntos, todavía en los primeros años de miel de la convivencia. Me pregunto cómo será eso, compartir una casa y un perro, los afanes del día a día, el malhumor, las risas, ver juntos la tele y repasar las facturas. Un día estuve a punto de saberlo: también tenía veinticinco años y había un perro, y sillones oxford, y una chimenea frente a la cama, (algo con lo que nunca estuve de acuerdo). Cuando él hablaba, todo se daba por sentado: nuestro perro, nuestros sillones, nuestra chimenea. Nuestra cama. Su mundo ideal. Y en aquel santuario del Orden quería entronizar a la diosa del Caos...