lunes, 12 de octubre de 2009

Juguetes viejos...

Una foto mía, supongo que debía tener 3 ó 4 años cuando me la hicieron, posiblemente en la guardería, encontrada en una caja llena hasta los bordes de fotos antiguas. Me he cubierto de polvo al sacarla del estante en el que estaba, olvidada, como si tuviera la intención de perderme el pasado que esas fotos representan... Me miro y me reconozco, ya que sigo siendo yo; ahora con más años, pero la mirada a la cámara es la misma: una mezcla de timidez y desconfianza, porque siempre salgo fatal en las fotos. Qué le vamos a hacer.




Hago un esfuerzo por recordar aquellos días, pero es inútil. Mi memoria parece tan perdida como estaba esta foto, simplemente no tengo recuerdos de la infancia, o al menos los que tengo son como la fotografía: imágenes fijas, sin color ni sonido, como si el mundo hubiera sido en blanco y negro, como el cine mudo... Recuerdo a la Yansy, la perra de mi abuelo de la que ya he hablado aquí, y el paisaje del desierto, con los montes oscuros cerrando el horizonte, de mis días del Sahara. También tengo una imagen de ese mismo lugar, una imagen extraña de tiburones panza arriba, tirados al borde de un camino, (mi madre me explicó que eran para hacer sopa de aleta en la Residencia de Oficiales). Mi muñeca favorita, los perros que iban pasando por nuestra familia, los amigos que dejé atrás en los continuos traslados, los recuerdo peor que los libros que leí o las cuartillas que emborroné con mis primeros pinitos en esto de escribir...

Y lo que nunca, nunca olvidé fueron los días de lágrimas.

Gracias a Dios, mientras sigan ahí las fotos y las películas de 'superocho' que tomó mi padre, y mi madre siga manteniendo su extraordinaria memoria, me quedarán fuentes de las que beber cuando necesite llenar una de mis lagunas...

martes, 6 de octubre de 2009

Tienes un email


Siempre es bonito recibir cartas. Antes, cuando apenas podíamos soñar con lo que es y lo que representa Internet, yo era de esas personas que emborronaban folios y folios con mis sentimientos para luego meterlos en un sobre, ponerles un sello y mandarlos a los cuatro puntos cardinales, porque siempre me ha gustado conocer gente de unos y otros, cuanto más lejos mejor. Y cuanto menos convencionales, mis amigos de lejos y de cerca, mejor que mejor.
Ahora, con esto de los emails, no pasa un día sin que reciba alguna cosa que me hace sonreír. Hoy, por ejemplo, he encontrado dos mensajes de una amiga nueva llenos de música que me han gustado mucho. Así es la Red de redes: una persona que no te conoce de nada, excepto por lo que tú dices de ti misma, te envía algo que supone, acertadamente, que te va a gustar.
Ya he dicho en otro sitio que tengo un cariño especial por mis amigos en el ciberespacio, a los que no he visto nunca, o casi nunca. La amistad ha cambiado, o al menos se ha vuelto de otra manera, y he entregado mi confianza a gente a la que no he mirado nunca a los ojos, o a los que apenas he tratado unas horas. Y esas mismas personas me han aceptado como amiga, y han tenido detalles conmigo como muy pocos de los que me gusta llamar amigos en tiempo real: eso de dedicarme unas fotos de Sean Connery tomadas en un pub de Londres, porque se acordó inmediatamente de mí en cuanto las vio, no tiene precio.
Por estas y otras razones, como hacía con las cartas en papel cuando las recibía, no me gusta borrar los mensajes de correo, y procuro atesorarlos, atascando con ello mis cuentas. De vez en cuando hago limpieza, y elimino aquellos que pesan demasiado porque contienen archivos adjuntos, una vez que guardo éstos, y entonces es cuando me ocurre como hoy, cuando vaciaba una de mis cuentas, y me he encontrado con mensajes de hace un año de alguien de quien ni siquiera me acordaba. Y, con sinceridad, de alguien de quien tampoco tenía gana de acordarme.

Cuando alguien basa su experiencia de vida en el método de ensayo y error, como yo, suele tener bastante claro que cuando algo no funciona, pues no pasa nada: se prueba otra cosa, y ya está. Cuando este método se aplica a las relaciones amorosas, yo supongo que hay que procurar no herir a la otra persona a la hora de hacerle conocer tus sentimientos, y cuando se termina algo hay que sentarse y hablarlo, hay que decirlo a la cara, aunque el otro no se lo tome bien o se sienta estafado, a pesar de que tú le hicieras hincapié en que no hay nada seguro en esta vida, excepto la muerte. Por eso, cuando en mis relaciones he llegado a la conclusión de que no podía dar nada más de mí, siempre he procurado hacerlo así a la hora de decirle a mi pareja que se había acabado, y que no podía ofrecerle otra cosa que mi amistad.

No puedo entender que alguien que me envió mensajes llenos de pasión, en los que me aseguraba que estar a mi lado le hacía sentirse en paz consigo mismo y con el mundo, alguien que me asedió con llamadas, correos y visitas, pudiera dar por terminada la relación mediante el silencio más absoluto. Me pareció una falta de respeto increíble, a la que simplemente respondí con un msm de despedida, (hummmm, ¡las nuevas tecnologías!), porque yo sí tengo lo que hay que tener. No es que me moleste o me hiera, por aquel entonces yo estaba ya convencida de que aquello tenía que terminar, pero él tenía muchas cosas en mente respecto a su futuro y no me escuchaba cuando se lo insinuaba, y, por otra parte, yo había llegado a la conclusión de que aquella relación estaba basada en mi propio egoísmo y en un estúpido intento de ser como todo el mundo, o como yo pensaba que era todo el mundo: intentando ahogar mis sentimientos por Morgil mientras buscaba un acomodo en el amor. Y aquí, mis queridos Lectores Constantes, está la moraleja del cuento: no existe eso del conformismo en mi corazón, no puedo fingir lo que no soy, no puedo evitar tener fuego en el corazón...

jueves, 1 de octubre de 2009

El beso


No estaba preparada para encontrarle al salir de la academia. De repente, al levantar la vista hacia la calle, allí estaba, parado enmedio de la acera, ignorando a los que le rodeaban, mirando directamente hacia mí...
Mi corazón ha pasado, directamente, de un suave trote a un desenfrenado galope, y la sangre se me ha agolpado en la cara, ya estoy completamente colorada, como una cereza. No puedo evitarlo, siempre es igual. Con desesperación, intento mirarme en los cristales del portal, no sé que aspecto ofrezco a esta hora, supongo que estoy despeinada y que el rimmel se me ha corrido hacia abajo, hacia mis ya profundas ojeras, con lo que pareceré un oso panda rubio... Pero ya no tiene remedio, no puedo dar media vuelta y volver arriba, a los servicios, a retocarme. Rápidamente, pesco del interior del bolso una caja de caramelos de menta y me echo uno a la boca. Al menos, el aliento me olerá fresco, o eso promete el envoltorio. Inspiro con fuerza, como si en vez de salir a la calle fuera a sumergirme en el mar, y cruzo el umbral de una zancada.
Me acerco a él, que sigue sin sonreír, y durante un momento nos miramos sin decir nada, hasta que él mueve los labios formando la palabra 'hola', inaudible para mis oídos, sordos a todo excepto al latido de mi propio corazón, y le contesto con una sonrisa que me sale tímida.
Tengo un curioso sentimiento de dèjá vu cuando él me quita la carpeta de las manos, como si aún estuviéramos en el colegio o en la facultad, y echa a andar a mi lado. Me pregunta qué tal la mañana, le contesto que lo mismo de siempre, y quedamos en silencio, en un silencio embarazoso que me irrita y me hace desear estar en otro sitio, a solas, para dejar que las lágrimas corran libremente por mi rostro. Tan inmersa estoy en mi propio y mezquino dolor que no siento que me sujeta por el brazo hasta que estoy frente a él. No me da tiempo a levantar la cabeza para mirarle, porque ya su mano, gentilmente, me sujeta la barbilla, y sus labios tocan los míos, una simple caricia al principio, hasta que su boca se hunde en la mía, y ya no sé donde estoy, ni me importa, no siento otra cosa que sus brazos a mi alrededor, y luego ya no escucho mi corazón, sino el suyo. Cuando nos separamos, aturdida, apoyo la cabeza en su hombro, y su voz triste me dice al oído: 'a veces temo helarte'. ' Y yo abrasarte', le replico. Permanecemos así un instante, como dos adolescentes que han descubierto su primer amor, y luego su mano toma la mía y caminamos de nuevo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Lucero de la tarde


Casi sin querer, pido un deseo

a la primera estrella de esta noche,
y mi corazón vuela hacia el lucero oscuro,
siempre brillante, aquí, sobre mi cielo,
ese que es el sol de mis tinieblas.
Y mi deseo y tu estrella son uno.

martes, 29 de septiembre de 2009

Antes de que amanezca


Hoy tenía pensado escribir algo muy profundo y muy reflexivo: esas cosas que se dicen después de pensarlas una y otra vez, y al darme cuenta de que eso, precisamente, es uno de los rasgos que menos me gustan de mi carácter, he decidido dejar de pensar en lo que digo para pasar a decir lo que pienso...
Los días se han vuelto más cortos, otra vez, y mientras una parte de mí lamenta que el sol se vaya tan pronto, otra parte, mi parte oscura, la gata amante de la noche, se siente feliz por ello. Antes, cuando era más joven, cuando todavía podía pasar una noche en blanco y no sentirme como un zombi al día siguiente, me gustaba meterme en la cama a leer y el amanecer me encontraba enfrascada en el libro. También podía salir por ahí hasta que el cielo se iluminaba con las rojeces de la aurora, y luego pasarme todo el día de aquí para allá, sin notar la falta de sueño.
Ahora, los años no pasan en balde, y aunque todavía soy un ave nocturna, trasnochadora, que es capaz de aprovechar más si sigue despierta que si se levanta temprano (y de mal humor casi siempre), ya no puedo seguir ese ritmo. Pero hay noches, noches como ésta, en las que el deseo de seguir pensando, de seguir imaginando historias, de escribir un poquito sobre Morgil o sobre mí, me mantiene insomne sin necesidad de estímulos exteriores...
Además, el otoño me produce melancolía. No es que no me guste: es una estación muy bonita, pero me hace sentir el paso del tiempo, que transmuta el verde de las hojas en oro, como un alquimista que hubiera dado con la Piedra Filosofal... Me recuerda que yo también estoy cambiando, que los años no pasan en balde, y que he de tomar decisiones definitivas cuanto antes.
Pero cuando lo intento, la única cosa segura que sé es que no tengo nada seguro, sólo el dolor que inunda mi corazón cuando pienso en él, ya sabéis de quien hablo, mis queridos Lectores Constantes... Pero ni siquiera el dolor dura para siempre...

lunes, 14 de septiembre de 2009

Postales: Edimburgo I (El petirrojo entre las tumbas)


Aún no os he hablado de Edimburgo, de la preciosa, triste, oscura, iluminada y alegre Edimburgo, la ciudad que conocí en Abril de este año. Permitidme que os lo cuente en retazos, en postales que os den una idea de lo que vi, de lo que respiré y sentí durante los cuatro días que duró mi visita...
El petirrojo que preside el centro de la foto, casi como posando para sacar su mejor perfil, voló hasta mí mientras paseaba por uno de los muchos cementerios que salpican la ciudad. En éste las lápidas antiguas estaban ladeadas y torcidas, como si una tormenta, la tormenta del tiempo, supongo, las hubiera movido en todas direcciones. Había altas cruces celtas, pequeñas lajas de piedra volcánica en las que apenas podía leerse el nombre de la persona que yacía debajo; historiadas lápidas de familia, con una larga lista grabada, casi cubiertas por el moho y el verdín producto de la humedad, esa omnipresente humedad que hacía que mi pelo se rizara como cuando me acerco demasiado al mar... Todas aquellas últimas muestras de amor hacia los seres queridos que nos han dejado, la constancia de que hay quien recuerda y de que, tarde o temprano, todos tenemos que seguir ese camino, jalonado con hitos de los que nos precedieron...
Yo estaba fotografiando algunas de esas esquelas de piedra, aquí y allá, buscando sobre todo símbolos masónicos, que ya había descubierto en otros lugares, cuando el pajarillo voló directamente hacia mí y se posó sobre la lápida más cercana a donde yo me encontraba. Parecía un alma perdida, un borrón de color sobre el gris del cielo y de la tierra. Chirrió, con ese canto absurdo y entrecortado de los petirrojos, y se movió a saltitos hasta quedar inmóvil, como esperando que levantara el objetivo y le disparara. Así lo hice, y así quedó plasmado. Luego levantó el vuelo, revoloteó un poco a mi alrededor y se marchó a lo profundo del jardín.
Por la tarde, en la visita a Mary King's Close, cuando nuestra encantadora guía nos habló del fantasma de la pequeña Annie, recordé al pajarillo entre las tumbas, y me pareció que, si el alma de un niño tenía que tomar alguna forma para seguir atada a la tierra, sería la de un petirrojo con el pecho manchado, un petirrojo solitario en un cementerio olvidado.

martes, 8 de septiembre de 2009

Nadie como tú


Miro la luna, una luna creciente que mueve mis mareas, y, mientras la contemplo, iluminando el mar con su luz de plata, pienso en ti.
Siempre pienso en ti, haya o no luna. Qué más da. Te llevo dentro, eres el Oscuro Pasajero que me habita, ese que se cose, como la sombra, a mis pasos. El que deseo, el que quiero, el que necesito. El que no está.
Nadie como tú me conoce. Nadie sabe de mí tanto como tú, ni nadie logrará hacerme sentir como tú lo haces. Ni hacerme temblar con tan sólo mirarme, estremecerme, quedar sin voluntad propia, como haces tú.


Me encuentro caminando por una calle conocida; es mediodía, el sol está en lo más alto, y siento su calor y su beso, mientras recorro la acera hasta doblar una esquina, una esquina que, me doy cuenta de pronto, nunca ha estado ahí hasta ahora, y entonces comprendo que estoy soñando y sonrío, porque sé que enseguida te encontraré.
La calle, en mi sueño, desemboca en el campo, y mientras intento cruzarla, una manada de animales, no sé si son vacas o ciervos, la ocupa completamente, impidiéndome el paso. Estoy parada en la acera, deseando pasar a la opuesta, cuando, entre los ciervos,(o las vacas), veo venir un caballo negro como el azabache, que se acerca, se acerca, se acerca como nadando en una marea de pieles tostadas. Sus ojos, dos espejos oscuros, me miran, y sé que el caballo soy yo, y un momento después estoy montada sobre él, sin silla ni estribos, ambos uno: amazona y montura fundidas en un mismo ser...

(Continúa otro día...)

martes, 1 de septiembre de 2009

Día de playa


Hemos decidido irnos a la playa en esta tarde de sábado tan aburrida, y lo hemos hecho bordeando la costa: la Expo, el puerto, la plaza del Comercio, las Docas, van pasando como imágenes de una linterna mágica; llegamos a los Jerónimos, el monumento a los Descubridores, (siempre me cabrea que hayan incluido a Magallanes porque, a ver, ¿no fue España la que le pagó el viaje?), la Torre de Belém, y así hacia el oeste, siguiendo una carretera que conecta Lisboa con Estoril y Cascais, paralela al océano, en la que, de trecho en trecho, encontramos faros y fuertes, que quedan pendientes de visitar, otra vez será.
En Cascais descubrimos muchas villitas en venta, abandonadas a los elementos, y fantaseamos con la idea de comprar una y dedicar un verano a la restauración. Sería bonito devolver el blanco a esas paredes que han perdido la cal, y el verde a las contraventanas, y reparar las vidrieras con motivos marinos de ésa que asoma sobre el Atlántico. Sería bonito volver todos los años a pasar las vacaciones a un lugar como éste, comer bacalao y bajar cada mañana a la playa.
Por fin llegamos a Guincho, pasado el Cabo Raso, (parece un chiste militar, ¿verdad?), donde la costa es pedregosa, llena de rompientes, hasta la calita arenosa donde desembarcamos con todo nuestro operativo: una niña de dos años y medio y su equipaje; toallas que desentonan, con las Islas Canarias estampadas en el rizo, unas toallas extranjeras en tierra extraña que nos hacen recordar que estamos en el país de la felpa por excelencia, (aunque todos saben que las toallas portuguesas no secan: vox populi, vox Dei, que se dice), crema protectora y jerseys, porque luego refrescará, seguro. Y refresca, claro que sí.
El agua del océano me espera, me tienta, yo sé que no es el mismo mar que amo, al otro lado del Estrecho, mi dulce Mediterráneo de corrientes cálidas y noches estrelladas, pero el Atlántico me recibe con un abrazo, un abrazo frío de amante muerto, el abrazo de un vampiro al que me entrego con escalofríos. Mi piel blanca se vuelve de mármol y mis labios se colorean de azul, como si hubiera estado comiendo arándanos, pero no quiero abandonar esta cuna de agua que me sacude, me lleva, me llena de arena el bikini y el cabello, y que, por fin, (está subiendo la marea), me lanza fuera de sí y me deja, sin aliento, en la orilla.
Me envuelvo en la calidez de las Islas Afortunadas, me peino para secarme el pelo, y me permito un momento sólo para mí, sentada en las rocas, mientras me salpican las olas y el sol abandona el cielo: escucho ‘On the beach ‘ en el ipod. Me gustaría quedarme aquí un rato más, ahora que la luna ilumina el océano, cambiando el blanco de la espuma en plata.

lunes, 24 de agosto de 2009

Nada de nada


No me apetece lo más mínimo saber lo que pasa a mi alrededor, no quiero tener noticias de lo que ocurre fuera de este mundo interior, mío, en el que estoy acurrucada, escuchando a Annie Lennox cantar por el amor de un vampiro, y deseando que alguien, (él), me envuelva en su abrazo y me bese en los labios, o beba mi sangre. Tanto da. Tanto unos como la otra son suyos, y se los entrego sin reservas.
Mi ángel oscuro, ese que hace que mi corazón comience a latir tan deprisa como el de un pájaro al que se sostiene en la mano; el mismo que se esconde en mis sueños, que no muestra su rostro. El que me acompaña desde hace tanto... Aquel que me llevaba de la mano por un sendero entre los árboles, invisibles los dos para los que nos cruzaban, hasta el lugar que era su tumba y nuestro lecho... El amante de una amada que no sabía lo que era amar, pero que hubiera preferido sus dientes en la garganta a todos las caricias que no fueran suyas...
Mi Desconocido, sólo el recuerdo vago de unos ojos claros que se clavaban en los míos, una voz grave y dulce que decía mi nombre, un caminar en sueños, unas lágrimas derramadas que empapaban mi almohada y que, una vez despierta, me hacían llorar otra vez por su amor...
Qué deliciosa sensación, tener la certeza de que, cada noche, volvería a mis sueños, y ¿por qué no?, yo a los suyos, y encontrarnos en esa encrucijada entre lo real y lo onírico, en esa duermevela en la que siempre esperaba despertar en otro lugar, en otro tiempo, junto a él; y ni siquiera me importaba si en la vida o en la muerte...
¿Cuando vendrás, Viajero del alba, Lucero de mi cielo, dulce Guía, a recorrer despacio mis senderos? Sin tí mi noche está como dormida...


domingo, 23 de agosto de 2009

Salvación


En ti encuentro mi destino: estoy segura;
eres tú, tan sólo tú, lo que yo busco.
Contemplo el círculo que has trazado a oscuras,
ese círculo oscuro trazado con mi sangre,
que encierra mi pasado, mi temor y mis lágrimas.
Tú eres mi destino: ahora lo veo.
Ven y sálvame.
Ven, oh, sí, tú solo.
Sálvame.

jueves, 20 de agosto de 2009

Una de amores imposibles


Como lo prometido es deuda, dicen, y yo le prometí a mi querido Consultor Sentimental que en mi siguiente entrada hablaría de los amores imposibles y contaría un caso verídico que conozco de primera mano, paso a exponerlo, no sin antes advertir que los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de las personas. xD

Bueno, antes de nada, tengo que dar a conocer la Primera Regla de Alawen en Cuestiones Amorosas: “Ni curas, ni casados, ni saxofonistas”. (Lo de los saxofonistas es negociable). Bastante complicado es el mundo de las relaciones amorosas per se para venir a liarla más con terceras personas o una divinidad. Va a ser que no. Así que ya os podéis imaginar que cuando hablo de un ‘amor imposible’, es porque hay implicado un individuo perteneciente a uno de esos grupos exclusivos, y añadiré que no, no era un saxofonista. (Sí, ya sé que también sería un amor imposible si me enamorase de Ramsés II, pero es que no soy partidaria de la necrofilia… ¿Nos entendemos o nos entendemos?)

El caballero en cuestión, llamémosle M, no tuvo la culpa de nada. Es más, para él yo soy una amiga o, mejor, la hermana que nunca ha tenido. Él ha sido siempre fiel a su compromiso, mientras mi corazón se desangraba por los rincones, porque por mucho que me gustara, por mucho que lo quisiera, por mucho que, cada vez que me lo encontraba, me pasase tres días sin poder pensar con claridad, ya os he dicho que no soy de esas que se interponen entre un hombre y su vocación, ni entre un hombre y su pareja. (Conste que estoy hablando de mí misma: en estas cosas, yo dejo a cada cual con su conciencia.) Así que, como ya he explicado en otro sitio, encerré mis sentimientos en un bote de cristal, cerré la tapa y lo puse en el más oscuro fondo del más alto estante en el desván de la memoria.

Durante algún tiempo, a pesar de evitar los encuentros, de la distancia que, por suerte, hubo de poner entre nosotros por motivos profesionales, su recuerdo me asaltaba en la vigilia; y en sueños era peor: una noche, como ya he dicho aquí, me soñé entre sus brazos, uno de esos sueños vívidos, en el que le tenía tan cerca, tan cerca, esos ojos verdes como agua marina en la que hundirse… Todavía recuerdo el dolor, al despertar… Un detalle curioso: me besaba, y sus labios estaban fríos. Seguramente era mi subconsciente, que me decía que yo no tenía derecho a ese beso.

Reconozco que, a día de hoy, y escribiendo esta entrada, no puedo pensar en M con indiferencia. Pero es que, si recapacito sobre ello, no puedo pensar en ninguno de los hombres a los que he querido con indiferencia. Subrayo lo de ‘a los que he querido’: los que, durante un tiempo limitado, han sido los afortunados poseedores de mi corazón. Y subrayo también lo de afortunados, que diablos, y, si no lo creéis, podéis preguntarles a ellos. Os dirán que ‘lo nuestro’ fue la mejor vuelta en montaña rusa que se pueda desear. Pero sin marearse, ¿eh?

Otro día os enseñaré otro tarro de mi colección.

domingo, 16 de agosto de 2009

Limpieza

Dios mío, cómo está esto de polvo... Parece mentira, como se acumula por todas partes, cubriendo hasta el suelo, flotando en un haz de luz, formando minúsculas motas de oro con el sol de la tarde. Hay un olor penetrante en el aire viciado, me temo que uno de los tarros en los que guardaba recuerdos del verano pasado se ha caído del estante y se ha roto, y el contenido está podrido, manchando el suelo... Por suerte, no es nada que quiera seguir conservando... Abro el ventanuco, procurando no golpearme en la cabeza con el pupo siciliano, (es Orlando, vestido de rojo, con su espada en la mano), que lleva tanto en ese lugar que el clavo del que cuelga está oxidado... Entra la pura luz del día, con un soplo de aire fresco, y me dispongo a limpiar este desorden, por lo menos que quede como estaba el día anterior, porque volver al desván me trae a la cabeza la celebérrima frase de Luis de León: "decíamos ayer..."
Han transcurrido los días del verano, luminosos y azules, (y calurosos, también), como soldaditos en perfecta formación: uno detrás de otro y casi indistinguibles; quizás con la excepción del tiempo pasado en compañía de los míos, que ha sido breve, pero intenso. Me he mantenido sumergida hasta la cintura en el río del tiempo, permitiendo que corriera mientras yo me quedaba inmóvil, otra vez viviendo de las rentas de años pasados, con mi hucha ya casi vacía, malgastando los caudales que no he empleado en 'cosas importantes'...
Demediado agosto, vuelvo la vista atrás, o mejor dicho, afuera. Tengo que abandonar este abatimiento, como se abandona el recuerdo de un amor imposible o un zapato roto. Tengo que despertarme y sacudirme la pereza. Tengo que volver a vivir...
Como Campanilla, tengo el don de encontrar cosas perdidas, perdidas pero no olvidadas... Desde mañana le prestaré más atención al viento, miraré a la cara a la gente con la que me cruzo por la calle, lanzaré mi corazón al mar de la existencia...
Bienvenida de nuevo, me digo a mí misma...


Actualización: Orlando quiere salir a saludar. Cosas de la gente del teatro, que siempre quieren estar en el candelabro:





jueves, 9 de julio de 2009

Lunática


Esta noche, la luna está grande, llena, amarilla. Vuelvo de caminar por las desiertas calles, con el calor aún saliendo del asfalto, escuchando a un lado y otro el refrescante ruido de los aspersores, los chapuzones nocturnos en las piscinas, el ulular de un búho... Grillos que se llaman unos a otros a través de los jardines. Todos los sonidos de la noche, amortiguados por esa sordera inconsciente que nos aisla del exterior cuando vamos pensando en otras cosas, en otras noches...
Camino, sonámbula, y sería capaz de caminar la noche entera envuelta en mis pensamientos, en mis recuerdos... Intento fijar una idea, pero se me escapa, como una estrella peregrina en este cielo veraniego, y luego otra, y otra... Pasan rostros, voces, nombres, algunos olvidados y otros que desearía olvidar. Pero es la bendición y la maldición de la memoria: que nos guarda sorpresas al otro lado de una puerta cerrada, que no esperabas que volviera a abrirse nunca, y que, de repente, gira sobre sus goznes para dejarte ver el interior de algo que puede ser tanto un recuerdo amable como un doloroso momento.
Tengo bastante capacidad de sufrimiento. No es presunción: simplemente, constato un hecho. Y puedo asegurarlo con bastante precisión, si contamos las ocasiones en las que el dolor me ha atrapado, me ha dejado sin aliento y sin lágrimas, para luego dejarme ir, hasta la próxima. Por eso puedo decir que los recuerdos peores no son los dolorosos, sino los absurdos, esos de los que ya nadie, excepto una misma, tiene memoria. Lo que me hizo avergonzarme de mí misma me persigue, me cuelga del cuello como un sambenito intangible que nadie, excepto yo, puede ver...
Ahora me doy cuenta que estoy dejándome llevar por senderos por los que no quiero transitar. Vuelvo lentamente a casa, y al volverme, me encuentro con la mirada fosforescente de mi gato, que me ha seguido en mi periplo, como un silencioso compañero de fatigas. Lo estrecho contra mí, y le susurro que lo quiero mucho, mientras le beso las orejas. Y él, entonces, me mira como con reproche, como diciendo: "¡lunática!"...

jueves, 2 de julio de 2009

Vegetando...

... Bueno, en realidad lo que estoy haciendo es limitando al mínimo mi ingesta de carne y pescado, para centrarme en el consumo de vegetales, huevos y queso. Lo que se dice, estoy siguiendo una dieta ovo-lacteo-vegetariana. Y todo por esos kilitos de más (5 hermosos kilos, 5) que tengo que eliminar. Por supuesto, no tengo ninguna razón clínica, es simplemente que, cuando una llega a cierta edad, es más difícil quitarse peso que ganarlo, y si, encima, te pasas la mitad de día sentada, todavía es peor. Así que, aprovechando el veranito, y que no apetece otra cosa que tomar ensalada, (bueno, unos gelati de Della Palma también apetecen, pero eso es otra historia, llena de calorías), he dejado de comer carne. Y ha sido entonces cuando una amiga ha aprovechado para enviarme la foto.

Y una, que es carnivora del todo, sin trampa ni cartón, ha lamentado muuucchhhhoooo que el tal Hugh Jackman no pueda ser catalogado en la categoría de queso (quesazo, diría yo), sino más bien en la de bistec. Y es que el actor me lleva gustando desde antes de vestirse de Lobezno, pero fue por el papel de Wolverine por lo que me hice fan suya. Porque, además de carnívora, una siempre fue defensora del lobo y le gustaba mucho El hombre y la Tierra, e incluso llegó a conocer en persona a los lobos de Félix Rodríguez de la Fuente, en el zoo de Madrid. Animalitos.

Vale, ya estoy mayor para poner fotos en las carpetas. También me temo que estoy mayor para estas entradas chorras, en las que no digo más que tonterías, pero si alguien quiere cosas serias que se vaya a mi otro blog. Éste lo abrí precisamente con la finalidad de dar rienda suelta al gato que habita en mi alma, un gato juguetón, curioso, con un puntito de ironía y una vena de inmadurez. No lo voy a negar. Siempre he sido, (o me he sentido, puede que sea cosa sicológica), más joven de lo que marca el calendario, y los que me conocen (en persona, quiero decir) os pueden contar que tampoco represento mi edad. Es posible que se deba a que comencé a vivir más tarde que mis coetáneos, o bien porque desciendo, por linea materna, de una familia de longevos. Este año me estoy sintiendo bien conmigo misma, cosa que no lograba desde hace mucho tiempo; creo que he encontrado una estabilidad y una paz, una tregua en mi continua lucha, un olvidarme de mis demonios, que me hace estar feliz. Tengo la sensación de haber comenzado a vivir otra etapa, ya no me preocupan las mismas cosas, ya no me preocupa ser como soy. Me he aceptado. Y ha costado, eh, no penséis otra cosa...

Me temo que, a pesar de este renacer, comienzo a tener fallos de sistema... Se me olvida algo, estoy segura... ¡Claro, si aún no he subido la famosa foto!

Atención, niñas con riesgo cardíaco, abstenerse de mirar...

martes, 30 de junio de 2009

El bucle



Bucle (wikipedia): Un bucle o ciclo, en programación, es una sentencia que se realiza repetidas veces a un trozo aislado de código, hasta que la condición asignada a dicho bucle deje de cumplirse.


Pues eso más o menos ha sido mi vida en los días en los que mi sobrina ha estado en casa: con dos años y tres meses, es capaz de ver una y otra vez la misma película, una de Barbie sobre una princesa que ha sido convertida en caballo volador... Se sienta frente al televisor, y durante los 90 minutos que dura el DVD no se mueve ni apenas respira, excepto para preguntar, todas las veces, que dónde está el caballo cuando la princesa recobra su forma original. Y en cuanto aparecen los títulos de crédito, se pone en pie y dice "mais, mais", que es su manera de ordenar a su titia que le vuelva a poner la película...


Me imagino que, con su corta edad, no entiende nada de la trama, que tampoco ganará un Óscar por su originalidad. Suena la Pastoral de Beethoven mientras Barbie se desliza por el hielo con unos patines, y puede oírse el vuelo de una mosca en la habitación. La música clásica parece ser la que amansa a esta fierecilla, que, dicho sea de paso, es una buena niña, obediente y encantadora, mientras no se le marque en el entrecejo esa vena que anuncia tormenta. Pero, en general, Viví es un sol.

Dentro de unas semanas, a finales de Julio, volverán, y yo volveré a ese bucle en el que dejo de lado mi propia vida para pasar a ser hermana, cuñada y tía, y no por ese orden precisamente, compañera de juegos y visionado de películas...
Y yo, encantada, qué queréis que os diga...

martes, 23 de junio de 2009

Pleno sol



Hace una semana de mi cumpleaños, al Terminator se le han gastado las pilas, y yo he sufrido algunos cambios considerables, si se tiene en cuenta que mi vida ha sido, durante mucho tiempo, un laissez passer tanto en lo físico como en lo emocional.


Pero vamos por partes, que diría Jack el Destripador: el día de mi cumple me dió una ventolera y me fuí a la peluquería. Cambio de look completo. Para los que no conocéis mi aspecto físico, os diré que suelo llevar una melena cuadrada casi hasta los hombros, así que le pedí a mi estilista que cortara, que cortara en capas, como si fuera un castigo autoimpuesto. Pero todo fue en vano, he quedado mejor de lo que estaba: al terminar su labor, mi cooperador necesario en lo que yo creía un crimen contra el estilo, dándome un toque de laca, comentó: "Anda que no te has quitado años de encima", y yo contemplé incrédulamente en el espejo a una Alawen que hacía tiempo que no veía, que parecía haber dado un paso atrás en el tiempo, en vez de cumplir otro año...


Así que salí a la calle con una sensación de irrealidad que me hacía mirarme en los escaparates para reconocer mi imagen. Entré en la farmacia, se me habían acabado las vitaminas, y contemplé perversamente la báscula. Esto no me puede fallar, pensé mientras buscaba 20 céntimos en el bolsillo y me subía al instrumento de tortura por excelencia. No me lo podía creer, había adelgazado un kilo desde la semana anterior.


Al volver a casa, por la tarde, me metí en la piscina por primera vez en la temporada. Al ponerme el bañador me había dado cuenta de lo morena que estoy, (bueno, no hay que exagerar, pero si comparo mis brazos con otras partes en las que el sol no ha tocado, tengo un saludable color tostado, claro que todo se lo debo a mis jornadas de jardinería intensiva, pero lo importante es lo importante...), y de que sigue sirviéndome el mismo bañador que el año pasado, que me encanta... Así que me senté en la escalera, con las piernas en el agua, mi lugar favorito para pensar, a pleno sol. El teléfono había sonado unas cuantas veces, amigos y amigas que se habían acordado de felicitarme; por correo electrónico me habían llegado los buenos deseos de otros muchos, y en varios blogs, incluídos los míos, me habían dejado mensajes cariñosos. (Me gustan mucho mis amigos en tiempo real, entre los que se incluyen varios bloggers, pero los que no conozco me provocan una ternura especial.)


El sol calentaba mi espalda, acababa de colgar el móvil tras concretar una visita a casa de una amiga, en un par de semanas, que era la cosa que más me apetecía hacer en ese momento, el agua fría me salpicaba, estaba libre, tenía amigos que me recordaban y era feliz, feliz, feliz...

Y creo que así sigo desde entonces.

lunes, 15 de junio de 2009

Sólo tú...




No es, propiamente, Verano, pero ya he tenido que pasar por la rutina de casi cada temporada, aunque ahora las restricciones me obligan a mantener el agua de la piscina durante el invierno. Pero este año hemos tenido que hacer unas pequeñas reparaciones en el gresite, y, una vez reparada y vacía, ha habido que limpiarla. Así que allí estaba hace unos días, bajo un sol todavía soportable, entre paredes azul turquesa, manguera en mano, pantalones cortos y chanclas, con un CD a todo trapo, acompañando a Madonna en los coros...


Me gustan los trabajos manuales como éste, que son puramente mecánicos, no necesitas poner toda la atención en lo que haces, simplemente una parte, y la otra queda libre para pensar...


El recuerdo me asaltó de repente y sin previo aviso, y sin que ahora tenga una idea clara de la encadenación de ideas que me llevó a verme otra vez en la boda de nuestros amigos, hace cuatro años, en un día otoñal lleno de sol y de amor.


La sensación fue tan vívida que creí que caería sobre mis rodillas, mientras el dolor me volvía a agujerear el corazón. Porque te vi, y me vi, juntos, tú con tu traje oscuro, tan bello que me quedé sin respiración al encontrarte, literalmente; y yo con mi vestido negro, ese que tanto te gustaba, ese que me hacía más delgada y que ahora cuelga tristemente en mi ropero, esperando una fiesta que todavía está por planear...


Y allí estaba yo, en tus brazos, como en un sueño, mi cuerpo contra el tuyo, con tu brazo rodeando mi cintura, guiándome, porque tengo dos pies izquierdos y el baile nunca ha sido mi fuerte, y menos aún el de salón. Tu barbilla rozando mi frente, mi perfecto caballero de perfecta armadura, tan frío, y tan ardiente, tan amargo y tan dulce, y ese olor a brezo, a cedro, que me envolvía cada vez que me hacías girar a tu alrededor...


Me doy cuenta de que estoy empapada, Miss Camiseta Mojada en un concurso de una sola participante, y me alegro, porque así las lágrimas ni siquiera parecen reales...

jueves, 28 de mayo de 2009

Desamor




Me desenredo.


Y me llevo una rosa


tatuada en la piel,


y, en el corazón, espinas.

domingo, 24 de mayo de 2009

Hay quien lo tiene claro...


... como el micho de la foto. Sí, yo cualquier día hago mutis por el foro, y me voy a sestear a un pueblecito como ése. Santorini, por ejemplo.
Ahora, amarrada voluntariamente a este banco de trabajo con el que pretendo conseguir un medio seguro con el que ganarme la vida, me planteo si no sería mejor cambiar de planes, dedicarme a lo que de verdad me gusta: escribir, cocinar, cultivar un jardín... Me temo que ya he pasado la edad de las rebeldías y ahora estoy, como las elefantas, buscando la seguridad. Me voy plegando a las exigencias de la vida, de lo que llamamos vida, intentando vivir el presente cotidiano de la forma más feliz, pero también sin arriesgar nada. No tengo ganas de arriesgarme, la verdad, aquí queda dicho. Supongo que esto es lo que se llama madurez, a mi edad la mayoría de la gente lo tiene todo hecho: ha tenido hijos, ha consolidado su situación profesional...
Yo, cuando pienso en ello, me veo como el replicante de Blade Runner. Porque mientras los otros iban recorriendo otros caminos, yo he visto otras cosas, he hecho otras cosas, tengo un álbum de recuerdos variopinto y extraño, que me distingue de mis compañeros de viaje. Ni mejor ni peor: distinto.
Así que vuelvo a abrazar la mediocridad por un momento, unos meses, mientras dure esta nueva aventura, tan aburrida, en la que me he embarcado. No sé que pasará mañana, lo único que se es que el único que no sabe plegarse a seguridades es mi corazón. Ya lo he intentado, os lo aseguro, y fue una experiencia que es mejor no recordar...
Quizás otro día os lo cuente...

jueves, 21 de mayo de 2009

Silvia y el dragón


Cuando Silvia despierte encontrará una escama,
una escama verde y dorada sobre su cama.
Y cuando meta los pies en las zapatillas,
un respirar caliente le hará cosquillas.
Bajo la cama
se esconde un dragoncito
esta mañana.
Silvia decide no tener miedo
y mete la mano hasta un agujero
en la alfombrilla.
Allí duerme el dragón hecho una rosquilla.
Cuando despierte,
le dará pan con queso y algo de leche.
Que los dragones
nunca comen doncellas,
que eso son cuentos.
Escrito para Silvia en su cumpleaños, noviembre de 2006

domingo, 17 de mayo de 2009

Sábado por la noche...

Sábado por la noche... ¿Sábado por la noche, o madrugada del domingo? En fin, que estoy aquí, con ganas de estar en cualquier otro sitio, y me apetece contar una historia, una historia que es un poco dulce y un poco amarga. Una historia, un cuento, sobre mí.
Voy caminando, casi siempre miro al suelo cuando camino entre la gente, porque no soy demasiado ágil, suelo tropezar con facilidad, y si me es fácil enredarme con mis propios pies, imaginad por un momento lo que es tener que sortear a los que me rodean.
Ciegamente, camino sin pensar en nada en particular, estoy sorda a los sonidos que podrían aturdirme, cuando distingo, entre un ruido de motores que parece colmar el espacio, una voz, su voz, diciendo mi nombre.
No esperaba este encuentro. Me temo que mi mirada y mi gesto ya se han endurecido cuando él me alcanza y repite mi nombre. Y cómo es posible que algo que fue tan placentero, cuando lo pronunciaba en susurros junto a mi oído, cómo algo que no he podido olvidar, como el olor de su cuerpo o el sabor de sus labios, me sea, si no completamente indiferente, sí desdibujado, desteñido, casi aséptico...
Sonrío al levantar los ojos hacia los suyos, consciente de que en los míos no se refleja la sonrisa, y digo una banalidad tras otra, eso que se llama conversación, sobre el tiempo que hacía que no nos veíamos, sobre su madre, sobre la mía, y, sin olvidar los buenos modales, le pregunto por sus niños.
Una vez respondidos los temas de uso cotidiano, pasamos a la batería de preguntas, suyas, por supuesto, porque él siempre ha querido saberlo todo sobre mí. Así que repaso mi insulsa vida laboral en un par de frases, y luego respondo al cuestionario sentimental con un "ahora no estoy saliendo con nadie", que es la respuesta más sincera que puedo dar. Y la más simple. Porque a él no voy a decirle que tengo el corazón hecho pedazos desde hace un tiempo, por culpa de alguien que no tiene la culpa de nada; pero que, poco a poco, lo voy recomponiendo. O que estoy medio enamorada de dos hombres a los que no he visto nunca, pero que me hacen sentir otra vez lo que ya tenía olvidado, lo que me resulta más placentero de una relación: esa ambigüedad en la que no sé si hay algo entre nosotros o son cosas mías, o si lo que siento es el reflejo de lo que él siente por mí...
Ahora me doy cuenta que está tan contento de haberse encontrado conmigo porque apenas he cambiado en estos 12 años. Porque le recuerdo nuestra juventud, porque me dice 'tú siempre estás igual', una mentira dulce de escuchar, porque soy más vieja que entonces, y menos inocente, y a la vez una verdad amarga, porque soy la misma, la misma gata que busca sin saber muy bien lo que busca, el soplo de viento que él me pidió que le dejase encadenar, la misma muchacha inexperta a la que, una noche, le dijo que todo había terminado, que no podía haber nada entre los dos, esperando quizás unas lágrimas que nunca derramé por él.
Mientras me habla, su mano me acaricia el antebrazo izquierdo, más que acariciar casi me pellizca, como si necesitara tocarme para constatar nuestro encuentro. Le prometo, al despedirnos, que otro día que tenga más tiempo y nos volvamos a encontrar tomaremos un café juntos. Y sé que estoy mintiendo al hacer esa promesa, porque él es parte de un pasado que recuerdo con ternura, pero no con nostalgia.
Doy media vuelta, consciente de su mirada al alejarme, y me pierdo entre la gente, otra vez yo, la de ahora, la que me gusta ser, la que él no conoce...
Ahora soy otra. Estoy preparada para afrontar las tormentas.

jueves, 7 de mayo de 2009

Silencio



¿Porqué escuché su voz? Yo no sabía que algo así podía pasarme...

Porque escuché su voz, ahora no quiero oír ninguna otra, ni trinos, ni el aire entre las ramas; no hay más música que su voz...

Su voz, sólo su voz pronunciando mi nombre...

¿Porqué te escuché? Ahora estoy perdida, perdida sin remedio por perderme en tus brazos...

martes, 5 de mayo de 2009

Un día cualquiera...


Metro de Madrid, linea Circular, estación de Sáinz de Baranda. 14:47 horas. Vagón prácticamente lleno, casi todo el mundo va leyendo algo: un libro, un periódico, un folleto de los Testigos de Jehová sobre el fin del mundo... Todos menos yo, que bastante tengo con sujetarme a la barra superior, intentando poner el mínimo de mí en la operación, mientras sostengo el abrigo y una carpeta con el otro brazo. Por supuesto, el calor ha apretado hoy, y el abrigo no ha sido otra cosa que un estorbo a partir de las 11 de la mañana...
A mi lado, un cincuentón bien conservado, barbita entrecana y gafas bifocales, intenta sin éxito coordinar la lectura de "El Ocho" con la tarea de mantenerse agarrado a la misma barra que yo. Él, al ser más alto, lo tiene más fácil. Además, no lleva portafolios ni nada que se le parezca, me pregunto si trabajará en algo que le permita salir a la calle únicamente con lo puesto, o si estará en el paro o habrá cedido a eso que llaman prejubilación...
Las puertas del vagón se abren, y bajan algunos pasajeros, entre ellos la anciana que ocupaba el asiento frente a mí. El hombre a mi derecha cierra el libro y me hace un gesto amable, para que ocupe el asiento. Me quedan sólo dos paradas, mejor me quedo en pie, llevo toda la mañana sentada y es agradable estirarse de vez en cuando, cada curva del Metro, sobre las propias piernas. Le digo que gracias, a la vez que niego con la cabeza, y le sonrío porque es la primera persona amable con la que me he cruzado hoy, al menos conscientemente. Él tampoco ocupa el asiento, lo cede a otra anciana que acaba de entrar, deprisa, casi con el silbato del cierre de puertas.
El vagón se vuelve a poner en marcha. Mi nuevo amigo de las barbas mira alrededor, luego se fija en mis manos, en las suyas, y con voz grave, simpática, me dice:
- ¿Tú no lees?,- es una forma como otra cualquiera de entablar conversación con una completa desconocida, pero me parece una pregunta bastante tonta. Un nanosegundo después, me acuerdo de que, antes, le he sonreído, así que ahora me pongo seria para responder.
- No, no leo.
Tengo que comentar aquí una frase de mi hermano mientras contemplábamos la Capilla de la Real Orden del Cardo, en la Catedral de Edimburgo: "Nosotros deberíamos ser miembros de pleno derecho", dijo, en voz baja. Y es que ambos tenemos el mismo carácter...
Mientras pienso en esto, mi interlocutor ya ha encontrado una frase para continuar con la conversación, y la suelta en plan "¿estudias o trabajas?":
- ¿Y eso?
- Me mareo en el transporte público, - miento, pero es que cualquier otra respuesta me parece demasiado trillada. Gracias a Dios, el tren ha llegado ya a mi estación, y, con una inclinación de cabeza hacia mi desconocido, me bajo en el andén, dispuesta a olvidarlo todo excepto que, al llegar al coche, todavía me quedará casi una hora de camino para volver a casa.

miércoles, 29 de abril de 2009



No volveré, jamás, a pronunciar tu nombre,
ni pensaré ya en ti. Será mañana,
en la hora sombría que precede a la noche;
una cruz en mi pecho y cumpliré mi promesa.
Colocaré tu foto en un marco de olvido,
y romperé en mil vidrios tus besos y tus cartas…
Te dejaré del todo cuando se haga de noche.
Pero esta noche, no. Será mañana.

domingo, 26 de abril de 2009

Quédate a dormir


Dormir entre tus brazos, sólo eso deseo.
sentir tu aliento cálido que roza mi cabello,
y tus manos dormidas aquí, sobre mi pecho.
Dormir, dormir tan sólo,
y despertarnos luego.

viernes, 24 de abril de 2009

Vida mía...



Tú eres, sin dudar, la vida mía,

porque el dolor de quererte hace que sienta

que me sigue latiendo el corazón…

domingo, 19 de abril de 2009

Ave de paso


- Ya te lo advertí, - dijo ella, mirándole de frente,- no te prometí nada, ni te dí falsas esperanzas...

- Pero, entonces... ¿me dejas? ¿Porqué?

- Porque no te quiero.

Él miró hacia otra parte, mientras apretaba los puños, y, entre dientes, respondió:

- Tú no sabes lo que quieres.

- Pero sí se lo que no quiero, - replicó ella, alejándose.


Entrada programada

jueves, 16 de abril de 2009

Caledonia

Photobucket




Como habréis supuesto astutamente, esta entrada se quedó programada para publicarse hoy, ya que la que suscribe está out totalmente: ha dejado atrás el Continente y desde hoy hasta el próximo día 20 estará en Escocia, bueno, en Edimburgo, porque no voy a salir de la ciudad.


Yo, que soy bastante celta en el fondo y en la forma, estoy muy contenta por haber llevado a cabo mi deseo de viajar hasta aquí y además en este año tan especial, ya que se celebra el festival Homecoming Scotland 2009 con el que se conmemoran las tres cosas más importantes que Escocia ha dado al mundo: el whisky, el golf y Sean Connery... y no por este orden...


A la vuelta os lo cuento. Besos para todos.

Photobucket

martes, 14 de abril de 2009

Lluvia


Mientras en mi ventana cae la lluvia,

yo sueño con los soles que fueron y se han ido,

con el verano eterno de una playa inventada,

o con la dulce luz de la Luna sobre el agua.

No sé si queda algún sitio al que marchar,

ni siquiera si existe algún hueco en la Tierra

donde guardar mi alma y esconderme del viento

hasta que no haya miedo, y mi esperanza renazca.

No creo en elegidos, ni en Cielos, ni en personas:

como nada poseo, nada espero perder...

Quizá mañana empiece una era más amable,

y encuentre, tras los montes, un vado y Rivendel.

viernes, 10 de abril de 2009

El Cristo de la Vega 'visita' a El Redentor




El Cristo de la Vega, (muy conocido por la obra de Zorrilla 'A buen Juez, mejor Testigo'), procesiona por las calles de Toledo en la madrugada del Viernes Santo. En la Plaza de Santo Domingo el Real se detiene a 'saludar' al Cristo Redentor, mientras se entona un Miserere. Gran recogimiento y silencio, sólo roto por los tambores y las matracas, cuyos sonidos rebotan en las paredes de mampostería, creando un efecto inigualable.

martes, 7 de abril de 2009

Sola



Anoche, otra vez, soñé contigo.


Así que hoy no quiero nada: ni el pálido sol, ni compañía, ni risas… Tan sólo tu recuerdo y el recuerdo del sueño.


Y es que, hasta conocerte, yo no sabía lo que era tener sed. Y ahora que te siento, aquí, muy dentro de mí, esa sed que me consume no se sacia más que en ti, y no se sacia nunca porque cuanto más bebo en ti más necesito tu agua.


Mis ojos se diluyen en los tuyos, en mi sueño, y mi corazón se diluye, lentamente, ardientemente, al pensar en ti.

jueves, 2 de abril de 2009

Consuelo


La primavera. ¿Será la maldita primavera la que tenga la culpa de que todos estemos con los ánimos por los suelos, más aún de lo habitual, y la melancolía enraizada en el corazón? Yo hoy estoy así, como sin fuerzas, triste, con ganas de llorar. Astenia primaveral, le dicen. Yo la llamaría algo menos bonito, si tuviera una cara a la que llamárselo.

Primavera. Todavía no se deja sentir el calor, que ya llegará; llueve, y lo único que ha cambiado ha sido el olor de la lluvia, que ya no huele a invierno y a leña, sino a brote y savia, a hojas nuevas.
Se han caído ya las flores del almendro, esas que perfumaban las mañanas, como si alguien hubiera derramado miel. Pero las lilas han florecido, y ya los atardeceres se llenan con su olor, a limpio, a dulce, a verano.


Verano. Madreselvas en la noche. Calor y agua marina. Y tus ojos, hielo gris, en los que abrasarme y consumirme.

Y ni siquiera el pensar en ti consuela mi corazón.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Anhelo


Yo ya sabía, desde anoche, que hoy me levantaría con este ánimo gatuno, juguetón, imprevisible que, de vez en cuando, me posee y me controla. Me sentía más ligera, y a la vez tenía una inquietud no revelada, algo así como una sed de algo que no lograba concretar. No, no era vodka con naranja, mis queridos Lectores Constantes. Era… otra cosa…
No puedo echar la culpa de esto a la Luna, que no parece gobernar mis mareas, ni a la soledad de la que ni me acuerdo; ni a la tristeza, porque debajo de la turbación sentía un júbilo impreciso, una sensación de felicidad percibida, pero aún no encontrada... Era como saber que algo iba a pasar, un destello de un porvenir incierto pero esperanzado... Y me sentí con ganas de echar a andar y alejarme hacia ese futuro sin esperar ni un segundo más...

Pero he de reconocer que, cada Primavera, se me antoja lo mismo, y que hasta ahora, en un mundo de posibilidades infinitas, cada Primavera me ha traído algo bueno, algo alegre, algo que recordar cuando llega el Invierno y me quedo acurrucada, otra vez, junto a la estufa: la gata perezosa que hoy salía a jugar...

viernes, 20 de marzo de 2009

La cosecha del hada


Un campesino, al sacar el cubo del pozo, se encontró con que, en vez de agua, había una linda muchacha sentada en él. Como no es frecuente que esto ocurra, y menos aún que la moza que sale del pozo esté completamente seca, el campesino comprendió al instante que aquella joven era un hada.
El hada, sentándose en el brocal del pozo, alabó mucho al labrador por el respeto con el que trataba la tierra que cultivaba y el cariño que demostraba por los animales que cada día le ayudaban en su labor. El joven contestó que era su obligación cuidarlos, ya que de la tierra ganaba su sustento y el de sus animales, y éstos no sólo eran compañeros de trabajo, sino que le acompañaban en su vida solitaria. Porque el campesino vivía muy lejos del pueblo, al que sólo iba un par de veces al año para vender su cosecha y aprovisionarse de lo que necesitaba y no podía conseguir por sí mismo, y en cuanto a su familia, hacía tiempo que sus padres habían muerto y sus hermanos se habían ido lejos, buscando su destino.
El hada le dijo que conocía todo aquello, y que si había salido del pozo era para proponerle una forma de acabar con su triste soledad, y era que se casaría con él y le ayudaría en sus labores. El mozo aceptó inmediatamente, pero advirtió al hada que él apenas tenía nada que ofrecerle. Ella le replicó que no se preocupara porque muy pronto le haría rico. El campesino, encantado con estas expectativas, no tuvo nada más que objetar. Así que se casaron.
Un día de primavera, el labrador llegó a su casa muy pensativo, y su mujer le preguntó qué le pasaba. Él contestó que venía de los pomares, y que los brotes de los manzanos le habían parecido distintos a los de otros años. Ella, muy tranquilamente, le contestó que no debía preocuparse, pero que había lanzado un hechizo sobre los campos y aquel año la cosecha no sería igual que las anteriores.
Llegó el tiempo en el que se recogen las manzanas sin que hubiera ninguna: los árboles seguían cubiertos de las extrañas flores que habían aparecido en las ramas, y así continuaron mientras en las otras granjas ya habían empezado a producir la sidra.
El malhumor del campesino iba en aumento, aunque su esposa le tranquilizaba diciendo que tenía que tener un poco de paciencia, pero cuando las hojas de los demás árboles cayeron y el invierno llegó hasta los campos, el hombre perdió los estribos y maldijo el momento en que había encontrado al hada del pozo.
Cuando llegó a su casa, estaba vacía, y parecía como si nunca hubiera vivido allí nadie, excepto él. Todavía enfadado, se alegró de estar solo de nuevo y mientras se iba a la cama, después de una cena fría, decidió que al día siguiente arrancaría los manzanos para plantar unos nuevos.
Se levantó temprano, y caminó hacia los pomares bajo un alegre sol invernal. Parecía haber reflejos de luz entre los manzanos, y al acercarse comprobó que las flores habían desaparecido y en su lugar NO había manzanas, sino unos extraños frutos luminosos con forma de estrella.
Sintiéndose de repente muy cansado, se dejó caer al pie de un árbol y contempló aquel espectáculo inusitado. Lo único que acertaba a pensar era que no sabía quién le compraría aquella extraña cosecha, ya que no parecía que aquella fruta tuviera ninguna utilidad.
Mientras pensaba esto, un carruaje acertó a pasar por el camino que lindaba con su granja. El coche se paró frente al pomar, y de él descendió el rey de aquel país, acompañado de su reina, que contemplaron los árboles con asombro. A una señal del monarca, el labriego se acercó a la carroza y el rey le compró todos aquellos frutos de luz, y le apalabró las cosechas venideras, y le entregó a cambio suficiente oro como para que el campesino no tuviera que volver a trabajar la tierra nunca más.
Sin embargo, y aunque ahora se había cumplido la promesa del hada del pozo, el hombre no era lo feliz que había supuesto que sería cuando fuera rico. Echaba de menos su vida de antes, y sobre todo echaba de menos al hada. Así que sus días transcurrían melancólicos junto al pozo del que ella había salido. Y si el hada volvió junto a él, compadecida por su tristeza y arrepentimiento, el cuento no lo dice.

Pero es lo que suele pasar cuando uno tiene algo y no le da el valor que merece. O peor aún, uno se enamora de un hada pero espera que el hada no se comporte como tal.

domingo, 8 de marzo de 2009

La puerta entreabierta



Transcurre Marzo como una flecha de plata, deprisa, buscando el sendero de la Primavera que ya ha cubierto de flores los almendros... Corre también mi corazón, gozosamente, bajo las estrellas nuevas, tan limpio el cielo por la lluvia que parece que las pueda tocar...

Mi corazón busca, sin perder la esperanza. Buscan mis ojos el reflejo en los tuyos, y ese tibio amanecer que siempre desean contigo mis recuerdos...

Gris y dormido, mi corazón ha estado hibernando, esperando, ovillado en un cojín de sueños... Ahora despierta y busca su camino...